La gripa asiática

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De momento no me asusté porque gripas venidas de oriente han sido varias. Que yo recuerde, una muy famosa fue la llamada “gripa asiática”, cepa que duró meses y años y dio el mismo nombre a otras que vinieron después, cuyas fiebres se combatían con agua de panela caliente, unas goticas de ron, algo de limón y la instrucción de tomarla bajo las cobijas, a soplo y sorbo, para empezar a sudarla. Amanecíamos renovados.

Vinieron algunas, más contemporáneas, como la H1 N1 (léase hache uno ene uno, tenaz). Aparte de los sobrenombres que les daba el vulgo; “el abrazo de Fulano” (se apelaba al personaje del día). El alegato era constante: que son mortíferas, que no lo son, que son tres días intensos, que hay que estornudar para el otro lado, lavarse las manos, en fin, recomendaciones y recetas que van y vienen.

Me llamó la atención, la verdad, que un hombre con los pies tan en la tierra (aunque no he leído su nuevo libro), por lo demás hijo de médico, como es Héctor Abad, para referirse al Covid 19 (el mismo Coronavirus), mientras el mundo se estremece, use el término simple de “la nueva gripa”.

Ya empieza a pensarse que tamaño escándalo ha desencadenado una crisis sobredimensionada. ¿Qué puede uno pensar? En París ha habido manifestaciones contra el pánico. Pero sí es sorprendente que en esta plenitud de los tiempos una peste socave al mundo como ocurría en la Edad Media y en el Renacimiento, con calles de gente moribunda y ríos de aguas negras corriendo sobre piedras mal adosadas.

Puede pensarse que es la propia naturaleza reclamando por una nueva y más intensa investigación de salud humana. No todo estaba inventado. La penicilina y míster Fleming no eran lo último, como parecía serlo en el mundo y en aquel Medellín de los años 40, cuando un practicante de la Universidad de Antioquia, que quedaba al frente de mi casa, me aplicaba la milagrosa medicina a horas precisas y con los postigos del cuarto cerrados, como si yo, afectado de pulmonía, más fuera una mujer posparto.

Ya al final de la existencia, cuando me aplicaron, bajo una carpa de sanidad, la vacuna del Neumococo, con determinada vigencia, recuerdo que pensé y posiblemente lo dije: me va a sobrar vacuna, porque aún veo la sonrisa del paramédico.

Para mí este evidente peligro, esta visita del pájaro de la muerte recorriendo el globo, me estremece, no quiero creerlo y de hecho podría estar algo lejano, pero no se sabe, se encuentra en el aire, donde también se dice que está Dios.

Imagino que la izquierda política ya debe estar alertando a los organismos internacionales para aplicarle al Gobierno de Colombia las sanciones a que se lo tiene acostumbrado con el pretexto, en este caso, de desatención a la salud del pueblo.

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