La guerra de las estatuas y lo que está diciendo sobre la educación contemporánea

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Las ciudades no se libran de la fricción que ejerce la historia sobre ellas. Ahí están, expuestas al fuego, a la asonada y al ciclo inclemente de destrucciones y de renovaciones; son una suerte de palimpsestos donde van quedando plasmadas todas estas sacudidas: las guerras, las revoluciones, los gobiernos buenos y los malos, y sobre todo las ideas o pasiones que movilizaron a la gente en un momento dado.

Hoy en día, cómo no, algunas ciudades están siendo testigos y víctimas —siempre les toca asumir ambos roles— de las nuevas ideas y de la nueva sensibilidad o hipersensibilidad que se ha apoderado de los jóvenes activistas, sobre todo en Estados Unidos, aunque no únicamente. Hordas de manifestantes han derrumbado monumentos o los han saboteado, y en medio del afán purificador han caído hasta el bueno de Cervantes, que además de ser un genio literario también fue esclavo, y fray Junípero Serra, un misionero que debió ser casi un santo en vida. Ni la tecnología más sofisticada ni la educación en universidades del Ivy League han impedido que la pasión triunfe sobre la razón y que jóvenes con una extraordinaria capacidad para sentirse ofendidos por símbolos del pasado, en ocasiones del pasado remoto, hayan tomado la justicia simbólica en sus manos. Su sentencia ha sido despachada: nada que los ofenda puede quedar en pie; todo símbolo que remita al colonialismo, al racismo o la opresión, así sea ambiguo y lejano, debe caer, porque ningún vicio humano puede tener una representación visual y mucho menos una estatua sobre un pedestal.

 

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