Por: Arlene B. Tickner

La guerra más larga

 En días pasados el gobierno Trump y los talibanes anunciaron su intención de suscribir una tregua de 7 días que deberá llevar a la firma de un acuerdo que las partes han estado negociando desde el año pasado. Se anticipa que el pacto final incluya los términos de retiro de tropas estadounidenses de Afganistán (que hoy oscilan alrededor de 12,000), la garantía de que el territorio afgano no sea utilizado para lanzar ataques terroristas a otros países, y el compromiso de iniciar un diálogo intra-afgano que hasta ahora, los talibanes han rechazado por considerar al gobierno de Kabul un régimen títere.

Según el informe más reciente del Inspector General para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR) al Congreso de los Estados Unidos, la situación allí no podría ser peor. Durante el último trimestre de 2019, justo después de que Trump interrumpiera temporalmente las negociaciones, los talibanes aumentaron a niveles récord sus ataques, cobrando la vida de aproximadamente 8,000 civiles. Pese a la presencia terrestre de tropas extranjeras y la campaña agresiva de bombardeos que lidera Washington, el SIGAR concluye que los talibanes son tan poderosos y controlan más territorio que en cualquier otro momento de la guerra iniciada en 2001. A su vez, expone el contexto generalizado de corrupción que caracteriza el quehacer público, la precariedad de las fuerzas de seguridad (que han cogido la costumbre de atacar a sus supuestos aliados occidentales) y la debilidad del gobierno, cuyos ingresos para la protección de la población, la educación, la administración de la justicia y la salud, proviene en un 75% de la asistencia internacional.

Los “papeles de Afganistán”, consistentes en entrevistas confidenciales recogidas por el SIGAR y revelados por el Washington Post en diciembre del año pasado, confirman el fracaso rotundo de la guerra más larga en la que se ha visto involucrado Estados Unidos, en la que imposibilidad de derrotar a los talibanes militarmente solamente se compara con la de construir un estado funcional y legítimo.

Los ensayos de diálogo intra-afgano realizados en 2019 en Moscú y Doha entre activistas, periodistas, mujeres y representantes de los partidos políticos, el gobierno y extraoficialmente, los talibanes, recalcan algunos de los incontables desafíos que enfrenta Afganistán aun cuando el acuerdo con Trump se haya firmado. Entre estos se destacan: cómo reducir la violencia, garantizar la seguridad y el mínimo bienestar de los afganos y compartir el poder; cuál será el papel del Islam en el quehacer político y social; hasta qué punto serán reconocidos los derechos de las mujeres y las minorías; y qué sistema de gobierno con cuáles garantías civiles se adoptará.

Qué hacer además con los cultivos de amapola y la producción de opio, que se han doblado desde que Estados Unidos invadió al país hace 18 años, que alimentan 90% del consumo de heroína en el mundo, y que los mismos talibanes que antes los prohibían ahora se han convertido en sus promotores principales, ya que buena parte de sus ingresos se derivan del tráfico ilícito. En fin, si bien a ojos lejanos o intencionalmente cerrados, la guerra en Afganistán puede estar llegando a su fin con el tan esperado acuerdo entre Trump y los talibanes, adentro la historia es otra.

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