Por: Yolanda Ruiz

La guerra por el agua

La guerra por el agua no es asunto del futuro. Está llegando, es real y que no nos extrañe si en cualquier momento empieza a dejar muertos aquí en Colombia. Estamos en temporada de sequía y el problema por el intenso verano va mucho más allá de los incendios forestales que son cada vez más y causan mayor daño. Ya eso es un reto de marca mayor, como bien se ha visto en la selva del Amazonas consumida por las llamas en varios países. Pero el calor trae más problemas. En algunas veredas de Colombia en épocas de sequía que se vienen haciendo más y más fuertes, las emergencias comienzan a generar problemas entre vecinos que van pasando de castaño a oscuro.

He conocido directamente la tensión que se vive por estos días en una vereda de Cundinamarca. Como en otras regiones del país, han pasado semanas sin llover. Los pastos se ponen amarillos, las vacas no tienen dónde pastar, los cultivos están secos y en los lugares más bajos ni siquiera hay una gota de agua para cocinar o para usar en los baños. En la zona hay cuatro acueductos veredales que dependen de una misma quebrada, hoy convertida en un pequeño chorro que va desapareciendo mientras baja de la montaña. El agua se está acabando y ya no alcanza para que todos tengan un poco. En su desespero ya alguien propuso lo que se ha hecho en otros momentos: subir a “cortar mangueras”. Eso significa literalmente dejar a otros sin agua montaña arriba, para permitir que el riego de la quebrada raquítica alcance a bajar. La propuesta genera de inmediato discusión entre los vecinos y se alteran los ánimos.

Alguien propone sembrar árboles en la ronda de la quebrada y en el nacimiento para prevenir que esto se repita y se complique más en el futuro. Por loable que sea la idea, los demás no piensan en mañana, piensan en su sed de hoy y no entienden cómo un árbol servirá para poner agua en la olla o en los cultivos que se están perdiendo. La crisis no es asunto de ambientalistas extremos, se vive en el día a día de los que no acaban de entender por qué el clima loco los inunda durante unos meses y luego los mata de sed. Un campesino viejo que lleva años en la zona dice que siempre tuvieron las épocas de lluvias y de sequía y las sabían llevar, pero ahora todo es más fuerte y nunca vio la quebrada tan seca ni le había tocado tanto verano. Piensa en lo que ha invertido en sus matas de calabacín sembradas con la expectativa de la llegada del agua y no sabe qué hacer para salvarlas. Es uno de los que estaría dispuesto a subir con el machete si es necesario para que los de arriba no se queden con toda el agua. Y me pregunto entonces: ¿qué pasará cuando el vecino de arriba aparezca también con su machete para defender su manguera?

Algunos de esos campesinos que hoy ruegan por un aguacero y padecen cuando miran su tierra rota por la sequía son los mismos que han cortado cuanto “palo inútil” han encontrado en los alrededores de la quebrada. “Tener monte no es negocio”, dicen ellos, y tumbarlo para sembrar o meter ganado ha sido durante años el símbolo del progreso. Cuánta falta nos hace a todos aprender a mirar de otra manera la naturaleza y entender que nuestras acciones tienen consecuencias. Cuánta pedagogía se requiere para que aprendamos a sembrar agua y a sembrar vida. La crisis de hoy en esa vereda es un laberinto sin salida no solamente porque no hay agua ni manera de conseguirla, sino porque cada quien está pensando en lo suyo como nos suele pasar a los humanos. Ya se ha intentado un racionamiento, se ha planteado hacer turnos para tomar el agua a lo largo de la quebrada, pero el acuerdo es complicado. Ceder no es fácil cuando la supervivencia está de por medio. La guerra por el agua está llegando y no quiero ver lo que va a pasar cuando esos vecinos se encuentren al borde una quebrada seca con los machetes en la mano.

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2019-09-11T15:19:17-05:00

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2019-09-11T16:54:18-05:00

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