La guerra que se viene

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Si acaso cabía alguna duda acerca del espectro que hoy espanta a las Américas, tras lo ocurrido en días pasados deberíamos ya darle nombre propio: reacción, o si lo prefieren fascismo. Lo que viene repetirá el pasado.

Para entenderlo deberíamos prestar más atención a la dinámica entre violencia revolucionaria y contrarevolucionaria. Si Bolsonaro y los golpistas del sureste ganan con amplia ventaja en Brasil tras poner preso a su principal contendor, si los republicanos de Trump giran aún más hacia la derecha tras la tragicomedia que culminó con la confirmación del juez Kavanaugh, y si la izquierda gobernante en Venezuela al verse sitiada cede a la tentación del mismo juego sucio que sus opositores, no es ello muestra de la manera como la guerra civil y la internacional (el sitio) actúan como agentes radicalizadores que condicionan la naturaleza de las violencias y el tiempo de las transformaciones?

La guerra que viene, civil e internacional, tendrá como epicentro las Américas. Mientras la política se polariza, nuevas coaliciones surgen. La reacción no es mecánica. Tiene vitalidad propia. De un lado, los más tradicionalistas reaccionan frente a los cambios económicos y las libertades sociales; en tanto que miembros de las altas jerarquías se perciben como un freno a los excesos de liberalismo y la vida moderna antes que sus opositores.

Del otro, quienes obtienen su fuerza de la ansiedad de los estratos medios de la sociedad tienden a ser más doctrinarios y más cómodos a la hora de involucrarse en la política populista y la movilización o manipulación de masas. La extensa presencia de Bolsonaro o Trump en redes sociales y su performancia en medios y concentraciones debe entenderse en este segundo sentido. La actitud reservada y formalista de los elders republicanos del Senado parece encajar en el primero.

Pero la distinción es heuristica: los conservadores sienten disgusto ante los nuevos tiempos y la nueva política, y hasta asco por quienes la encarnan. Los contrarrevolucionarios emergentes de las clases medias suelen ser más vocales a la hora de denunciar la “corrupción” de la sociedad y proclamar la necesidad de su destrucción, en todo o en parte, para purificarla.

Opuestos en períodos de relativa calma, ambos lados se unen en los de crisis, como el actual causado por el peso de la deuda y el descalabro económico. Enfrentados a un riesgo revolucionario (el PT, el Bolivarianismo, las FARC) los conservadores cambian su apoyo a las libertades individuales por el orden y la represión preventiva por el terror. Temo por las mujeres con quienes hablé en mayo pasado en la favela de Maré que la sufrirán primero y tanto como las que ya han sido descalificadas como “una turba” por el Senador McConnell. Las y los desplazados venezolanos y colombianos están en medio. La guerra les caerá encima.

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