Por: Nicholas D. Kristof

La hipocresía de los líderes mundiales

Los líderes de todo el mundo llegaron a Nueva York para las reuniones de las Naciones Unidas, las fiestas elegantes, los discursos enardecidos para ayudar a los pobres y una enorme dosis de hipocresía. Y esta es un área en la que, ¡por fin!, el presidente Donald Trump ha demostrado liderazgo mundial.

Si hubiera un premio a la desfachatez en las ONU, la competencia sería reñida, pero Trump podría llevarse la medalla de oro por su advertencia de que, de ser necesario, “no tendría otra opción que destruir completamente a Corea del Norte”. En la sala, algunos no pudieron ocultar su asombro: en un foro de paz se amenaza con aniquilar a una nación de 25 millones de personas.

Trump también elogió la ayuda humanitaria de Estados Unidos a Yemen. Es torpe que uno mismo se dé palmaditas en la espalda, pero en este caso fue además ofensivo. Yemen necesita ayuda porque Estados Unidos está ayudando a Arabia Saudita a matar de hambre y bombardear a los civiles yemeníes, dando lugar a lo que Naciones Unidas describe como la más grande crisis humanitaria en el mundo. En otras palabras, estamos ayudando a crear el mismo desastre que presumimos aliviar.

También fue triste ver a Trump hablar en repetidas ocasiones de “soberanía”, que tiende a ser la palabra predilecta de gobiernos como Rusia (aun cuando invade a Ucrania e interfiere con la elección de EE. UU.) y China (mientras apoya a autócratas corruptos, de Zimbabue a Birmania).

Hablando de Birmania, Aung San Suu Kyi no asistió a la reunión de la ONU, después de su festejo del año anterior, porque es contradictorio ver a un Premio Nobel defender una campaña brutal de asesinatos, violaciones y saqueos. Muchos líderes musulmanes presentes, como Recep Tayyip Erdogan, sí enfatizaron la difícil situación de los rohinyás, quienes padecen una limpieza étnica en Birmania. ¡Si tan solo mostraran el mismo interés por sus propios presos políticos!

Mientras tanto, los líderes mundiales por lo general ignoran los lugares que no entran en su discurso. Casi todos se encogieron de hombros ante Sudán del Sur y Burundi, ambos al borde del genocidio, el Congo, donde se aproxima un conflicto civil mientras el presidente trata de aferrarse al poder, y las “cuatro hambrunas” en Nigeria, Somalia, Yemen y Sudán del Sur. Hay que reconocer que Trump expresó el miércoles su preocupación por Sudán del Sur y el Congo, y dijo que despacharía a la embajadora de la ONU Nikki Haley a la región para ver qué se podía hacer; esperemos que su gobierno provea el liderazgo que se necesita tan desesperadamente.

Para ser justos, hay más razones para tener esperanza, incluyendo un asombroso avance en la lucha contra la pobreza mundial; se han salvado las vidas de más de 100 millones de niños desde 1990. Cada día, 300.000 personas más en todo el mundo tienen acceso a energía eléctrica por primera vez, y unas 285.000 a agua potable. La pobreza mundial presenta una enorme oportunidad, ya que ahora entendemos mucho mejor cómo derrotarla: hay que resolver los conflictos, invertir en la educación de las niñas, empoderar a las mujeres, luchar contra la desnutrición, apoyar la planificación familiar, por mencionar algunas medidas.

Por primera vez en la historia humana, menos del diez por ciento de la población mundial vive en extrema pobreza y probablemente podamos casi erradicarla en los próximos quince años si hacemos de esta causa una prioridad mundial. Trump hizo bien en mencionar a PEPFAR, el programa contra el SIDA que desarrolló el presidente George W. Bush, pero también ha propuesto recortes importantes a su financiamiento.

El avance en la detención del tráfico humano también resulta inspirador. Moderé una sesión de la ONU sobre el tema y fue alentador ver a una gran multitud participar en un tema que históricamente ha sido manejado con opacidad, aun cuando un nuevo informe calculó que hay 40 millones de personas a las que podría denominarse esclavos modernos. La primera ministra Theresa May convocó tal vez la reunión más importante sobre tráfico humano en la que participaron los ministros de Relaciones Exteriores.

Ahora tenemos las herramientas para lograr enormes avances en el combate de los enemigos comunes de la humanidad —la pobreza, la enfermedad y la esclavitud—, pero falta ver si tendremos la disposición. Lo que resulta sorprendente de este momento es que tenemos una combinación de la que quizá sea la peor crisis de refugiados en 70 años con la peor crisis alimentaria en 70 años y con riesgos de genocidio en varios países, lo cual, a su vez, se combina con un liderazgo global débil.

“Hay un vacío de liderazgo, moral y político, en lo que respecta a los puntos problemáticos en el mundo, de Siria a Yemen, Birmania y más allá”, observa David Miliband, presidente del Comité Internacional de Rescate. Margot Wallstrom, ministra sueca de Relaciones Exteriores, concuerda: “Me parece que hay un vacío de liderazgo”.

Hay excepciones: Wallstrom, el secretario general de la ONU, António Guterres, el primer ministro canadiense Justin Trudeau y otros más.

Sin embargo, muchos países enfrentan divisiones internas, están distraídos por las luchas políticas y cada vez miran más hacia adentro, y en todo caso, Estados Unidos sigue siendo una superpotencia indispensable, pero brilla por su ausencia. El secretario de Estado Rex Tillerson ha llegado a un grado de irrelevancia que nadie creyó posible y Trump está reduciendo el número de refugiados aceptados, recortando la financiación al Fondo de Población de la ONU y proponiendo hacer recortes importantes a la diplomacia y la asistencia internacional (por fortuna, el Congreso se resiste).

Hay una cifra que siempre me ha parecido apabullante: cerca de uno de cada cuatro niños en el mundo padece desnutrición. Aunque lo que podemos medir es el deterioro físico, uno de sus efectos secundarios es el enlentecimiento del desarrollo cerebral, que limita a estos niños, a las naciones y a la humanidad.

Por todo esto, resulta exasperante ver a los líderes mundiales posar frente a los reflectores y darse palmaditas en la espalda mientras hacen tan poco por atender las crisis humanitarias que ellos mismos han ayudado a crear.

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The New York Times 2017.

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