Por: Cecilia Orozco Tascón

La hipocresía de Viviane Morales

Si a usted le ocurre que pierde a su pareja a edad temprana, en Colombia —digamos que su marido o esposa muere cuando apenas tiene 28 o 30 años—, y no alcanzó a procrear, se friega: está condenado a no tener hijos por cometer el delito de viudez. El hecho es que, con la ley que impulsa Viviane Morales, los que convivan con alguien del sexo opuesto y duerman con él en la misma cama, así se maten a golpes en el día, constituyen una “familia óptima” que, por ajustarse en esa definición, adquieren el estatus de casta con el privilegio de adoptar niños. A quienes no les dé la gana casarse o a los que decidan cortar una relación de apariencias y separarse, también les aplica el castigo divino: serán enviados al infierno de la soledad paterna-materna. Ni hablar de lo que puede pasarle a sus derechos en este país si usted pertenece a la comunidad gay. De acuerdo con la doctrina Morales, las preferencias sexuales dejan de estar protegidas por el valor constitucional de igualdad ante la ley y, más aún, de intimidad, y pasan a ser parte del foro público: los demás adquirimos el carácter de juez de sus actos privados y lo mandamos al nivel más bajo de la sociedad, el de los parias o, peor aún, el de los invisibles, en el sentido del hinduismo primitivo: únicamente pueden salir a la calle cuando nadie esté afuera para que no contaminen a otros.

De ese tamaño es el referendo bárbaro que hoy se vota en la Comisión Primera de la Cámara, propuesto por la extremista cristiana Morales, competencia directa del extremista católico Ordóñez, ambos con un protagonismo indicador del éxito que siempre ha tenido aquí la discriminación, más allá de los discursos floridos sobre la democracia. No es raro. Tanto la una como el otro apelan a la religión manipulándola para hacerse elegir mediante la mentira: Ordóñez, a procurador, simulando ante el Congreso que podía ser un protector y no un depredador, como lo fue, de los derechos civiles. Morales, quien es senadora gracias al liberalismo, con su paranoica fe religiosa que ocultó sus preferencias políticas cercanas al uribismo, en donde es obvio que se siente más cómoda. No es sino verla abrazando a esa bancada.

Pese a ello, no le han aplicado la sanción de la doble militancia —pertenecer a un partido y hacerse elegir por otro—. La senadora experta en hacer cara de víctima siendo con frecuencia victimaria hasta en su entorno, dirá que fungir como liberal de centro, siendo uribista de ultraderecha, no existe como causal. Pero ella y Sofía Gaviria, el otro ejemplar “liberal” femenino de este cuatrienio, pueden ser juzgadas por la opinión aunque molestemos su vanidad: los electores de estas fieras con traje de ovejas mansas fueron engañados por ellas. Incluso muchos cristianos que, en privado, se avergüenzan del referendo de Morales, no la hubieran apoyado de haber sabido hasta dónde llegaban sus enredos psicológicos.

De todos modos, la hipocresía de su discurso va bien con lo que ella representa: copia fiel del que utiliza el ordoñezuribismo, basado en sofismas para llevar a la gente, en este caso a los representantes a la Cámara, a aprobar un referendo cuya materia no es prioritaria en la agenda pública de una nación con tantas necesidades de supervivencia sin resolver. Para la muestra una de sus afirmaciones: “el 80 % de Colombia está de acuerdo con el referendo”. Su cifra sale de los bajos niveles de popularidad de Santos en una encuesta de enero. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Pues nada. Pero eso no le interesa a Morales, como tampoco otra de sus tesis: “le dimos en el corazón a la ideología de género”. Nadie sabe bien qué es o cómo se mastica esa invención, pero suena bien en los oídos de los incautos, y en el temor de los congresistas, hipócritas como ella, por el miedo a los improbables millones de votos de un montón de iglesias que no son congregaciones serias sino negocios para llenarse de plata y de poder.

Entre paréntesis. ¿Será cierto que si hoy pierde en la Comisión Primera el referendo, Morales planea apelar la decisión de esta célula ante la plenaria de la Cámara para darle nuevo aire a su proyecto? Sería la primera vez en la historia que un congresista no respeta el voto mayoritario por el No, de la comisión que conoce de asuntos constitucionales. Sería también, ay que dicha, la contradicción perfecta del ordoñezuribismo que se queja de que el No del plebiscito no se respetó. No es Sí, ¿era lo que criticaban?

 

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