Por: Lorenzo Madrigal

La historia, ¡bah!, la historia

DICEN QUE SI NO SE RESPETA LA historia se está condenado a repetirla. Lo que resulta inevitable es que la historia se deforme, de mano de la mala memoria de sus contemporáneos.

Con el nueve de abril del 48, más de un relato acaba siendo divertido. Plinio, por ejemplo, cuenta que, tras dejar a su padre (Plinio Mendoza Neira) con Gaitán, almorzaba con sus hermanas en el Monte Blanco de la séptima con catorce, cuando oyó disparos y vio por la vidriera que los transeúntes se agolpaban. Bajó volado desde el segundo piso y cruzó la esquina, para llegar “antes que nadie” ante el cuerpo tendido de Gaitán.

Dos cosas: si vio agolparse la gente, cómo pudo llegar de primero, y otra, la puerta del Monte Blanco estaba sobre la misma carrera séptima, no había, por lo tanto, que cruzar ninguna esquina. Si lo sabrá Lorenzo que guarda en sus recuerdos el chocolate cremoso de ese salón de té.

Hablando en estos días con su peluquero chapineruno, Lorenzo le escuchó un confiable relato. Que para entonces Don Nicasio (*) ya cortaba pelo en un segundo piso, exactamente al frente de la acera en que cayó el jefe liberal. Oyó los tiros, y un colega suyo se asomó y dijo: mataron a un tipo al frente, no, no, ¡mataron a Gaitán!

Don Nica se botó por la escalera (no me dijo si tropezó en la calle con Plinio, el joven) y se acercó a Gaitán. Recuerda que “movía la cabecita” para uno y otro lado y me dice que ayudó a “meterlo” en un Taxi Rojo.  Los Taxis Rojos, que no necesariamente eran de ese color, eran unos Pontiac de la posguerra y en que fuera trasladado en uno de ellos coinciden todas las versiones.

Un médico de la Clínica Central, contaba hace un año que Gaitán herido había llegado en una ambulancia. Inexacto. Esperar o llamar una ambulancia en ese Bogotá sin celulares y con la vecina droguería Granada ocupada (por la chusma) era un imposible. Además la clínica estaba a muy pocas cuadras. Con Gaitán andaba el médico Pedro Eliseo Cruz, quien debió apresurar el traslado en lo que fuera.

Observé que para el ex fiscal Gómez Méndez la droguería Granada se llamaba droguería Nueva York. Y todo se dice con gran seguridad, como le escuché a uno de los nietos del centenario presidente Lleras Restrepo que éste hablaba con fluidez varios idiomas, entre otros, asombrémonos, el latín. Hablar con fluidez una lengua muerta es no estar ya en este mundo. Y no lo está el ilustre abuelo.

Todos teníamos entendido que la estampida de truhanes que persiguió y linchó a Juan Roa Sierra había derribado la puerta de hierro de la droguería. Pues no. Alguien relata, en un especial de Tv, que él aprisionó al asesino y lo entró a la farmacia, le preguntó que por qué lo había hecho y le dijo que porque le habían pagado y que el que le pagó estaba ahí cerca. Finalmente dijo el testigo que ante la presión de la turba, abrió él mismo la reja y se lo dejó a la muchedumbre. Más o menos como hizo la policía ecuatoriana con los colombianos en San Vicente, Ecuador.

Que Dios estaba orgulloso de que Gaitán entrara el cielo —y que así haya sido, aunque suene  exagerado— fue algo que también se dijo.

(*) El nombre ha sido cambiado por razones de seguridad

 

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