Por: Enrique Aparicio

La historia de tres amores: las mujeres, la pintura y la escultura

El joven artista catalán Carlos Casagemas invitó a sus amigos más cercanos a cenar.  Estamos en el París de 1901, más precisamente en el barrio bohemio de Montmartre donde todo artista quería probar suerte.  Para horror de los comensales, el catalán sacó un revólver y se descerrajó un tiro que acabo con su vida no sin antes decir que sin su amada Germaine (Gargallo) la vida no valía nada.  

Este hombre que yacía inerme era uno de los entrañables amigos de Pablo Ruiz Picasso.  En Barcelona, en 1900, juntos habían tomado la decisión de hacer el viaje de su vida a la ciudad donde había de todo y todo se podía: París.  Picasso no estuvo presente en esta tragedia, pero la imagen del cadáver ya preparado para la ceremonia final lo acompañó como un fantasma toda la vida, hasta el punto de inducir su trabajo a una época azul que reflejaría su gran depresión, su tristeza y quizás su enorme complejo de culpa: la mujer por la que acababa de dar su vida Casagemas era una joven lavandera que posaba también como modelo para los noveles pintores y que se enamoró de Picasso, quien respondió a este idilio a tres bandas estableciendo una relación amorosa con la amante de su gran amigo.  El drama tuvo como coreografía la impotencia de Casagemas.  Su impedimento para una relación sexual fue acompañado del menosprecio de la amante y el licor.  La sombra de un tercero colmó la copa. 

El gran maestro, que en ese entonces tenía 20 años, inició una etapa con obras de colores lúgubres y azules, sin vida, que disminuyeron las ventas de sus pinturas a un mínimo y con ello el gran soporte del marchante de arte Ambroise Vollard, quien no encontraba mercado para sus lienzos.  En los tres años siguientes, quizás los peores de su vida como artista, pasó hambre hasta el punto que fue necesario volver a la casa paterna, aun sabiendo que don José, su padre, quien tuvo grandes esperanzas en la carrera pictórica académica de su hijo, lo trataba de vagabundo.  Pablo no tuvo más remedio que admitir esta primera derrota.  Necesitaba sobrevivir en el sentido literal de la palabra: no tenía con qué comer.  Pero su naturaleza no lo dejó tocar fondo.  Decidió reiniciar su vida en París y se instaló en una antigua fábrica de pianos que se había convertido en estudios paupérrimos para pintores, la mayoría catalanes. 

Con renovado interés por su vida artística relanzó su carrera y como todo ser que cree en sus pensamientos, las circunstancias no previstas le dieron un empujón sorpresivo cuando recibió la visita de Gertrude Stein, mujer de familia norteamericana enormemente rica con tendencias homosexuales que vio en Picasso la originalidad del genio. En la visita que le hizo en su estudio compró cuadros por 800 francos, una pequeña fortuna en el aquel momento.  A partir de esta relación Pablo no tendría más problemas económicos.

En 1907 la obra de Picasso dio paso a la nueva corriente del arte moderno.  Esto como respuesta a Henri Matisse, el gran pintor de la época, un hombre metódico. Pablo, al contrario, trabajaba con su interior, con su imaginación desbordante.  En una ocasión en que coincidieron en casa de Gertrude Stein el catalán le dijo a Matisse que le mostraría lo que era una obra que representara la nueva corriente del arte moderno.  El resultado fue la pintura titulada Las señoritas de Avignon.  O sea, las putas de una casa de citas en carrer d’Avinyó, en Barcelona.  Este lienzo se convirtió en el emblema de la pintura moderna que buscaba ver la realidad de otra manera.

“Pinto lo que siento y no lo que veo.” No podría asegurar si esta frase fue del pintor o de alguien que lo conocía muy bien, pero el pensamiento que encierra es el secreto de la gran imaginación para expresarse, para mirar el universo en forma diferente.

El maestro, lleno de premios, dinero y sobre todo de adulaciones, hubiera podido caer en la mediocridad de su trabajo, pero no fue así.

Una manera de ilustrar lo que digo fue la construcción de un puente entre la pintura y la escultura como un medio también de expresión de gran fuerza para su obra. Se puede ver que sus esculturas son la tercera dimensión que necesitaba para darle fondo a sus pinturas.

Para ello se unió con el escultor catalán Julio González, para aprender de sus técnicas, formas de soldadura y demás. González, un artista renombrado de gran fama, trabajó desde muy joven en el taller de su padre y entre otras se dedicó a la joyería, la orfebrería y la escultura.  Cuentan que la técnica de una soldadura muy sofisticada la aprendió en la fábrica de automóviles Renault. 

Mis comentarios sobre las esculturas los puedo ilustrar mejor si cuento las circunstancias de cómo llegué a ellas.  El 23 de noviembre fui invitado a la apertura de una exhibición en el Museo Municipal de La Haya donde reunieron trabajos de Julio González, Pablo Picasso y otros escultores de principios del siglo XX.  Estos fueron prestados por diferentes museos de talla mundial como el Reina Sofía de Madrid, que participó activamente, el Museo Picasso de París, el George Pompidou y el IVAM de Valencia. Esta exposición estará abierta hasta el 2 de abril de 2018.

El YouTube muestra algunas de las obras a las cuales traté de buscar un ángulo para ilustrar lo que he querido decir.  Al observar este tipo de esculturas se puede ver que no tienen frente ni revés y parece, además, como si hubieran surgido de un cuadro de arte moderno. 

Una forma de mirar este trabajo es compararlo con el del maestro Botero, cuyas figuras volumétricas “cuando se salen del cuadro” y se vuelven esculturas muestran una dimensión más profunda de lo que el artista persigue.

YouTube:

https://youtu.be/d1cizUWvS10

 

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