Sombrero de mago

La historia no precluye

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Lo que sí es patente, patentico, como diría algún campesino de buena labia, es que el caballista tiene mando. Y sabe cómo manejar la servidumbre. Seguro se leyó un librito muy simpático de Jonathan Swift, el gran satírico irlandés, que no murió de hambre ni tampoco se zampó niños de un año o un poco más, como lo propuso con modestia para abatir las hambrunas en su país martirizado, y es el que titula Instrucciones a los sirvientes, y, para el caso de acá, de un paisito llamado Colombia, los criados van desde el presidente actual (en este caso, un fámulo) hasta fiscales y multiplicidad de lavaperros.

En un tiempo se habló del teflón (no sé si esa materia sea cancerígena) que lo protegía, o, mejor dicho, no le dejaba pegar o adherir las porquerías que, cumpliendo sus instrucciones, hacían, por ejemplo, los jefes del DAS, que mandaban a “chuzar” periodistas, magistrados, opositores al mesiánico domador, perseguían profesores, y hasta les colgaban una lápida a modo de escapulario, como acaeció, por hacer memoria, con Alfredo Correa de Andreis.

Y en los dos cuatrienios de su mandato, cuando se reformó un “articulito”, gracias al reparto de notarías y otras gabelas para efectos de reelección, resultaron implicados en peculados, corrupciones y otros delitos ministros del “gran colombiano”. A uno que todavía anda en prisión, el que sonaba en otros días para reemplazar a su patrón en la presidencia, el que quería otorgar a privados unas tierras estatales, las de Carimagua, que eran para desplazados por la violencia, lo tomaron en flagrancia con Agro Ingreso Seguro. ¿Y el patroncito?, quieto en primera, todo bien, nada de nervios.

Y así les sucedió a otros y otras, como a Sabas Pretelt de la Vega, a María del Pilar Hurtado, al excomisionado de paz Luis Carlos Restrepo, que puso pies en polvorosa. Sirvientes y mayordomos, muy cumplidores de las órdenes del supremo cayeron en desgracia y los encanaron. La señora que dio el nombre a un episodio de vergüenza en la historia delictiva, la del cohecho, misiá Yidis Medina, que alguna vez se empelotó para una revista, quedó como una guaricha más de la politiquería nacional. Su “votico”, comprado por el “trompa”, fue definitivo en la aprobación de la reelección.

Después de haber obedecido al mañoso señor de los diminutivos (el mismo del “peajito social” y el “articulito” reformador) y de las desaforadas palabras como el “te doy en la cara, marica”, la señora que dio el nombre a la “yidispolítica”, que también estuvo presa, en referencia al chalán que le compró el voto, dijo: “Debe haber un juicio político contra él; no puede ser posible que tanto funcionario de este gobierno (el de Uribe) esté huyendo y otros presos, sin que al verdadero autor de todo no le pase nada”. Y no le ha pasado nada. Excepto unos pocos días como presidiario en su extenso feudo.

En todo caso, por aquel delito de cohecho, se fueron a la “gayola” exministros como Diego Palacio y el exsecretario de presidencia Alberto Velásquez. Y el señor del teflón, intacto. El clientelista, el impulsador de tráfico de influencias, el auspiciador de coimas, otorgador de dádivas para un ejercicio delictivo, repartidor de canonjías, intacto. Sin pegajosidades.

El zamarro de marras, que ha servido con creces a los dictados de organismos internacionales, a las directrices de Washington y entidades financieras foráneas para las privatizaciones; el que ha sido un diente del bien engrasado engranaje de las políticas neocoloniales estadounidenses para su “patio trasero”, sigue incontaminado, pese a las evidencias. El mismo que, en los días de la apertura económica del noventa, sustentó la Ley 100, el que jodió a los trabajadores colombianos con el recorte de derechos y favoreció a magnates y minorías privilegiadas, está exento del virus que él ha incubado.

El extinto DAS, valga recordarlo, estuvo al servicio del paramilitarismo y en su dirección estuvieron apoyadores e ideólogos de las AUC. Y esas situaciones, como es sabido, las alimentó el hombre que alguna vez perdió el habla cuando su referendo se le embolató y tuvo que apelar, según la homeopatía, a gotitas de valeriana. Durante sus dos gobiernos, además de sus políticas antipopulares, el país se erigió como un laboratorio de las nuevas guerras que, a nivel de América Latina, requería la extrema derecha de adentro y de afuera. Parte de una estrategia geopolítica del imperio.

Y volviendo al irlandés de Los viajes de Gulliver, en su libro de instrucciones a los sirvientes, dice: “Los buenos bocados que puedas hurtar durante el día, guárdalos para darte un festín con los demás sirvientes por la noche, e incluye al mayordomo, siempre y cuando te proporcione la bebida”. Muchos de los criados del patriarca tropical que lo han acolitado, están prisioneros. Como sea, hay un asunto que el señor de los “crocs” debe saber de sobra: la historia no precluye. Y no lo absolverá.

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