Por: Catalina Uribe

La historia única “Nacional”

Varios miembros de la Universidad Nacional se indignaron con el manejo que le dieron algunos medios de comunicación a la noticia de los capturados por el atentado terrorista del Centro Comercial Andino. Su indignación es, sin duda, justificada. Claramente se estigmatiza a la institución educativa cuando se repite una y otra vez que los capturados y otros miembros del Movimiento Revolucionario del Pueblo pertenecen a la Nacional. Así la información pueda ser cierta, no es siempre relevante, ni informativa, ni noticiosa.

No obstante, esta forma de estigmatizar es la nueva norma de nuestro discurso público. Parece ser que entre colombianos sólo podemos comunicarnos a través de historias únicas. Nos hacemos una idea de lo que es un estudiante de la Nacional, uno de los Andes, uno de la Pedagógica, un uribista, un santista, un partidario del proceso de paz, un miembro de una comunidad religiosa, un comerciante, y así, y desde ahí, y sólo desde ahí, nos relacionamos. Nos metemos en categorías casi científicas y nos diseccionamos como sapos. Hace poco en una reunión alguien expresó algunas reservas frente al desarme de las Farc a lo que otro le reprochó: “Uribista”, como si no fuese posible disentir sin ser tildado de “uribista” o “castrochavista” o “elitista” o “revoltoso”.

Una de las grandes virtudes de los humanistas clásicos era que su formación les exigía exponer los puntos del lado contrario antes de presentar los propios. Esta larga tradición de mirar, así sea por disciplina y etiqueta, los distintos ángulos de un solo asunto permitía entender la complejidad que tienen los juicios, y fomentaba el pensamiento crítico. Por supuesto, recoger los argumentos opuestos no hace que una opinión sea ni mejor ni más verdadera, pero sí la hace una opinión más moderada, menos dogmática, más abierta, menos autocomplaciente, y, de cualquier forma, menos agitadora y belicosa.

Los colombianos hemos vivido el estigma de ser los receptores de una historia única. Seguimos quejándonos de que las demás naciones nos tachen de narcotraficantes. Tenemos hasta un grupo en redes sociales llamado “Colombia no es Pablo”. Pero mientras buscamos salir del discurso de una sola historia hacia fuera, nos atrapamos en historias únicas hacia adentro. Uno de los grandes retos del posconflicto es precisamente superar la vanidad de las palabras.

 

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