Por: Ricardo Bada

La historia y las redes

Un gran periodista español, Alfonso Armada, publicó un tuit mío en su cuenta de Twitter: “La prensa diaria es el espejo retrovisor de la historia”.

Mi amigo José María Ruiz P. me retrucó desde Cielorroto, Antioquia: “La prensa diaria es el testigo comprado de los que escriben la historia. Los medios alternativos como Twitter son los guardianes de que la historia sea la verdadera”. Y yo le retruqué a mi vez: “¿Y qué es lo verdadero, José María? ¿Recuerdas lo que decía Machado? ‘¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela’. Pero yo no sé si no sería más ‘cierto’ decir ‘¿La Verdad? No, mi verdad, / e iré contigo a buscarla. / La tuya, guárdatela’”.

José María no ceja: “Si miro la inmediatez como una de las posibilidades de Twitter y Facebook en manos de quien no está sometido a un patrón económico, diría que ahí está la verdad del instante que sucede. Twitter, lo mismo que Facebook, tienen la posibilidad de la foto testimonial tomada y subida a la nube de inmediato, se convierte en la historia verdadera. Sin manipulación. Tú mismo, alguna vez me enviaste una magnífica imagen del asunto. ¿La recuerdas? La pancarta con la palabra que se arma con las iniciales de Google, Twitter, Facebook y otros que no recuerdo, cuando la ‘Primavera Árabe’. Lo otro son nuestras verdades. Cada quien es dueño de la suya. Pero la historia, la verdad de la historia, hoy se TIENE que escribir diferente”.

Sólo que yo tampoco cejo: “Claro, de acuerdo, pero el problema básico es que la historia, por razones lógicas, aunque se hace en tiempo presente, se escribe siempre en pasado”. Ocurre con ella como con la falacia de la tradición oral. Hace poco he tenido que traducir un texto de un etnólogo alemán, Mark Münzel, donde dice: “Para la grabación de ‘auténticos’ cuentos de hadas y mitos no colocamos nuestro micrófono de manera desapercibida junto a la fogata alrededor de la cual los viejos narran espontáneamente, sino que lo hacemos en el marco de una situación excepcional creada por nosotros mismos: el narrador se sienta delante de nuestro micrófono, para el cual hemos hallado el mejor emplazamiento acústico, generalmente en un lugar apartado del ajetreo. Ese lugar suele ser la cabaña del investigador, hoy no pocas veces su oficina. En la mayoría de los casos, la iniciativa de narrar los mitos parte del investigador. ¿Grabar un mito no contaminado por nosotros y que al mismo tiempo sea espontáneo? ¡Una ilusión!”.

Y con la historia pasa tanto de lo mismo. Que no se me enojen los historiadores, pero sus obras son una rama muy especializada de la literatura: la ciencia ficción retroactiva.

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