Por: Fernando Carrillo Flórez

La hora de la diplomacia

AUNQUE EL TÍTULO PODRÍA CALZAR perfectamente en la crispada política local, se trata por un momento de dejar a un lado las angustias domésticas y ubicarse en el contexto de las batallas que tiene que librar Colombia frente a la comunidad internacional de cara a su agenda interna y a los cambios que se avecinan en los escenarios globales.

Hay que arrancar con algunos interrogantes: ¿Colombia dispone de una política exterior eficaz frente a la globalidad? ¿Son nuestros diplomáticos jugadores globales? ¿Se ha tratado de construir políticas de Estado en esta materia? Frente a las crisis recientes y venideras con los vecinos, ¿se dispone de mecanismos estructurales que permitan reaccionar con una institucionalidad preparada para ello? ¿Cuánto se está dispuesto a invertir en ese tipo de diplomacia?

Las respuestas a estas preguntas deben darse dentro de parámetros de política internacional que van a cambiar en el corto plazo, trastocados por las elecciones presidenciales en Estados Unidos, la relación de Estados Unidos con Europa y el rol creciente de unos cuantos nuevos gigantes como China, India, Brasil y Rusia. Se trata pues de desafíos tanto bilaterales como multilaterales en un mundo cada vez menos unipolar, caracterizado por lo que Brzezinski ha llamado un “despertar político global” que trasciende la rigidez de las fronteras soberanas de otras épocas. Allí debe disponerse de un servicio exterior profesional listo a batirse sin complejos de ninguna naturaleza en ámbitos donde el multilateralismo selectivo será el signo de los nuevos tiempos.

La política exterior de E.U. va a ajustarse, sea Obama o McCain el próximo presidente de ese país, y Colombia debe prepararse para ello. El claro pro americanismo de Merkel y Sarkozy va a marcar una nueva era en la relación de Europa con Estados Unidos, que inclinará el eje Berlín-París hacia Washington en una especie de matrimonio Venus-Marte que abrirá un nuevo espacio de cooperación trasatlántico. Para no hablar de las sorpresas que puede deparar la era Sarkozy al mando de la Unión Europea, que comenzó hace unas horas. Allí debemos jugar con prioridades definidas, principios firmes y definiciones estratégicas consistentes con la magnitud del desafío que implica explicarle a la comunidad internacional cómo vamos a manejar la fase final de lucha contra los violentos. El sistema de justicia será de nuevo el epicentro de la observación internacional y lo que allí se haga o se deje de hacer será el patrón de juzgamiento por parte de la comunidad global.

Colombia debe pasar la página de una concepción tímida de su inserción regional, hemisférica y global, para ir a la ofensiva con imaginación a marcar un liderazgo fuerte en el plano internacional. Una agenda fresca e innovadora en materia de terrorismo, drogas, comercio, derechos humanos, cambio climático y lucha contra la desigualdad deberían ser las áreas de concentración de una nueva estrategia de política exterior basada en principios y resultados. Bien ha señalado la Secretaria de Estado de los EE.UU. en el reciente número de la revista Foreign Affairs, que en el plano internacional ya no sólo se habla de macroeconomía y comercio, sino de desarrollo democrático, justicia social y lucha contra la desigualdad.

Si es cierto que la política internacional ha entrado a la agenda de la política interna, ello debería llevar a que la política interna sea capaz de poner dentro de sus tareas el diseño y sostenibilidad de una política internacional de futuro. Porque si queremos vivir en el futuro global y no en el pasado parroquial, debemos comenzar por construir un liderazgo regional que nos permita marcar la pauta para salir adelante en las crisis venideras.

 Para ello se requiere librar la batalla de las ideas respecto de lo que queremos de nuestra política y de nuestro servicio exterior. No es un desafío menor, teniendo en cuenta la propensión muy enraizada en el DNA criollo, a relegar la agenda internacional a merced de la mala política doméstica y las malas políticas locales. Un factor fundamental será por ejemplo propiciar un debate nacional sobre temas tan simples como cuál es la Cancillería que necesitamos para el futuro y cuánto estamos dispuestos a invertir en la diplomacia que se requiere para ser protagonistas y no espectadores o víctimas de la globalidad política.

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