Por: Cristina de la Torre

La hora de la paz

AL GOBIERNO LE DEBEMOS LOS COlombianos la felicidad de ver libres a Íngrid y sus compañeros de cautiverio. Vaya para él nuestro reconocimiento.

Producto de una asombrosa operación militar, esta liberación se le aparece como la Virgen al presidente Uribe, en el momento más dramático de sus seis años de mandato: cuando la Corte Suprema cuestiona la legalidad del acto que autorizó su reelección y, para burlar la justicia, el Primer Mandatario

 pone la democracia al borde del abismo. Mas la contundencia del golpe a las Farc cambia la ecuación de la guerra y le permite al Presidente un replanteamiento de fondo: ahora “la seguridad democrática no es un fin en sí mismo sino un camino hacia la paz total”.

También Íngrid ve abrirse la puerta de la paz. Pero, a diferencia de Uribe, ella estima que en el origen del conflicto colombiano anidan problemas sociales nunca resueltos, y que las transformaciones que se imponen no pueden darse sino en democracia. En suma, sin democracia no puede construirse la paz. Planteamiento prometedor en una figura que podría cohesionar las fuerzas adversas a la reelección en 2010 reivindicando el principio democrático de la rotación en el poder; y convidar a debatir programas en este desierto de la política colombiana plagado de partidos sin dientes y sin carne.

Hablando de programas, si Obama ganara la presidencia de E.U., nos pondría a pensar en la Alianza para el Progreso, estrategia de centro-izquierda que él espera reeditar. A pesar de sus abriles, aquella propuesta aportaría a la resolución de nuestros problemas de base, siempre represados por una derecha intransigente, altanera, y una izquierda apocada que teme desaparecer al primer contacto con la realidad.

McCain recoge la tradición de la política del garrote, hoy en versión de guerra santa contra el terrorismo, y los lineamientos del Consenso de Washington. Obama rescata la doctrina del Buen Vecino de F. D. Roosevelt y la Alianza para el Progreso de Kennedy. Orador inspirado, de audiencia fervorosa y creciente, el demócrata propone combatir “la globalización de los estómagos vacíos”, los tratados comerciales que sólo favorecen a los poderosos. Le ofrece a América Latina más desarrollo económico y social que apoyo militar. Revertirá la tendencia ultraconservadora y neoliberal de Bush, e irrespetará el dogma del mercado.

Kennedy persiguió el desarrollo acelerado para estos países, pero acompañado de un cambio social que superara la miseria y el atraso. Almendrón de su propuesta eran reforma agraria, industrialización, redistribución del ingreso y universalización de los servicios sociales del Estado. Su política exterior fue flor de un día. Sus sucesores convirtieron la ayuda de la Alianza en inversión militar o en créditos condicionados. Obama sostiene que democracia social y económica corre pareja con libertad política. Atribuye la crisis de nuestra democracia y el renacer del populismo al auge de la pobreza.

La oferta de paz del presidente Uribe no podrá consultar apenas la relación militar de fuerzas sino la pléyade de inequidades que, de persistir, seguirán generando conflicto y violencia. Tendrá que acometer también una reforma enderezada a consolidar la democracia política: garantizar el derecho a disentir para que la oposición no se convierta en insurgencia; respetar la independencia de los poderes públicos; fortalecer los partidos y protegerlos contra los embates de la delincuencia; garantizar la alternación en el poder.

Pero así como Uribe ha podido gobernar por dos períodos gracias a la guerra contra las Farc, ahora tienen éstas la pelota: o aceptan la imposibilidad de  tomarse el poder por las armas, y reconocen el repudio universal al secuestro, o seguiremos en la paz de los sepulcros.

 

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