Por: Columnista invitado EE

La hora de la propiedad intelectual

Por: Juan Felipe Acosta*

La construcción de un programa efectivo de crecimiento y desarrollo económico por medio de la creación y monetización de los denominados bienes intangibles, en particular los que pueden ser objeto de protección de propiedad intelectual, demanda la combinación de estrategias de educación sobre la materia; pero también pasa por el bilingüismo general y el fortalecimiento de la cultura artística y el entendimiento de los negocios asociados, las ciencias computacionales y la matemática aplicada, la administración de negocios basados en tecnologías e intangibles, entre otros. 

Muchos insisten en que el futuro de una economía emergente depende de su capacidad de industrialización. Aunque pueden tener razón en un plano estructural, es decir en el sentido de que para que el crecimiento sea sostenido, la tecnología aplicada a los productos y procedimientos debe también ser desarrollada en el país, ello no obsta para que el impulso a la inversión extranjera venga de negocios en los que hay menos barreras de entrada, o, en otras palabras, son más fáciles de hacer. 

Podríamos resignarnos a que la propiedad intelectual (vista como la apropiación temporal de ciertos productos, métodos, obras y variedades vegetales novedosos, originales o distinguibles según el caso) es cosa de unos pocos países, de las grandes casas de tecnología o de los centros más grandes de la industria tecnológica, pero eso desconoce la considerable cantidad de tratados que convierten a Colombia en un perfecto territorio para la producción y exportación de servicios e intangibles. 

En ese sentido, así como las Cámaras de Comercio han procurado el desarrollo de protocolos de familia, no estaría mal, como ya lo han hecho muchas, que todas ellas se concentraran en incentivar a todas las empresas, incluso a los emprendedores que apenas comienzan, a desarrollar protocolos de gestión del conocimiento, generación y protección del saber hacer que van adquiriendo en su oficio, y distribución de la utilidad entre quienes laboran o colaboran para la generación de los productos o servicios de cada uno de ellos. 

Además, Colombia está en mora de propender por la construcción de verdaderos polos de producción agrícola a partir de las Denominaciones de Origen. Las autoridades no pueden perder de vista que a Europa le tomó cientos de años desarrollar sus actuales productos, y la reputación que tienen; entender eso implica comprender que no son fenómenos espontáneos. Como les he contado a mis alumnos en varias universidades, la historia de las Denominaciones de Origen colombianas apenas si tiene décadas. Por eso, el gobierno debe impulsar la identificación de intangibles en la agricultura, promover la asociación industrial y campesina, y la venta de bienes transformados, con estándares altos de calidad que permitan el incremento de la productividad y luego sí la incorporación de valor con las Denominaciones de Origen. 

Finalmente, no se puede perder de vista el hecho de que promover el desarrollo local no quiere decir que todo se deba hacer con mano de obra propia. La historia, por ejemplo, de Silicon Valley o Seattle, dos centros de desarrollo tecnológico estadounidenses, es una crónica de migración de varios de los mejores cerebros del mundo a esos lugares. ¿Cómo lo lograron? Los impuestos son importantes, pero no la razón principal; la liberación cultural, la promoción de la modernidad, la generación de espacios protegidos de respeto a la población vulnerable, la apertura al turismo, la estructuración de una educación basada en emprendimiento a partir de la cultura, encuadran varios de los diversos aspectos para tener en cuenta. 

A Colombia le llegó la hora de la propiedad intelectual, pero no bastan los anuncios.

* Profesor de las Universidades del Rosario, CESA, La Sabana y Sergio Arboleda, Director de Litigios y MASC de OlarteMoure

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