Por: María Elvira Samper

La hora de la verdad

Luego de una campaña que pasó de aburrida a escandalosa, pugnaz y sectaria, hoy elegimos al próximo presidente de la República. Será una final de infarto, a juzgar por la mayoría de las encuestas que vaticinan un triunfo por estrecho margen.

Sin embargo, como en política lo único cierto es lo que ya pasó, sólo esta noche sabremos quién fue el elegido y tendremos respuestas para interrogantes que dejó abiertos la primera vuelta: el porcentaje de abstencionistas que decidió votar y hacia qué lado inclinaron la balanza; si el voto en blanco se decantó por algún candidato o creció como protesta; si los dos millones de votos de Marta Lucía Ramírez fueron a parar a Zuluaga, o si parte de los llamados de opinión que atrajo con su discurso anticorrupción, se abstuvieron o cambiaron su voto; si el apoyo de Clara López y de otros destacados dirigentes de la izquierda le sirvió a Santos; si en Bogotá Petro le sumó o le restó votos; si le funcionó la maquinaria de la Costa… En fin, sabremos qué pesó más, si el temor al uribismo o el miedo a las Farc.

Si gana el binomio Uribe-Zuluaga, será el regreso de la fuerza más reaccionaria de las últimas décadas, la que se consolidó en los ocho años del ‘uribato’, una fuerza cuyo pegamento es la lealtad incondicional al caudillo y para la cual la existencia de la guerrilla —amenaza terrorista— no sólo es funcional a su visión política, sino su principal razón de ser, el pretexto perfecto para no hacer las reformas de fondo que necesita el sector agrario, para no tocar el latifundio improductivo, para proteger la gran propiedad y mantener las restricciones de acceso a la tierra a los campesinos.

El triunfo de Zuluaga significaría la ruptura del proceso de paz, pues las condiciones que exige para iniciar un diálogo, es eso lo que significan en la práctica, y porque aun si lo dejara tranquilo la evaluación sobre lo acordado en La Habana, no será capaz de soltar las amarras de su gran elector y padre político. Sabe muy bien el infierno que le espera si traiciona la causa.

Si gana Santos, se salva el proceso de La Habana y es muy posible que llegue a buen puerto en poco tiempo. Será, ese sí, un acuerdo histórico, pero será sólo el primer paso necesario para poner fin a 50 años de conflicto armado y para empezar a construir las bases de una paz estable. No podrá Santos sentarse sobre sus laureles, laureles marchitos, pues su gobierno quedó en deuda, sobre todo con los campesinos y quienes aspiran a recuperar las tierras de las que fueron despojados. Tendrá que hacer más y prometer menos, rectificar errores, pisar los callos que tiene que pisar, ejercer un liderazgo más firme y asertivo.

Desde el Congreso, Uribe y sus pitbulls continuarán haciéndole al gobierno una oposición feroz. La influencia del expresidente-senador es muy grande y se hará sentir a la hora de la implementación de los acuerdos con las Farc, pues su agenda representa los intereses de poderosos sectores —legales e ilegales—, empeñados en mantener el statu quo en el campo. Por eso, si Gobierno y Farc llegan hasta el acuerdo final, será necesario una détente con el uribismo, un cese de hostilidades con Uribe. No habrá paz si el uribismo no aborda ese barco.

Gane quien gane, lo cierto es que enfrenta un país dividido, una sociedad fragmentada, unas élites fracturadas, nuevas fuerzas sociales que se resisten a vivir en los márgenes y al margen de la política. Un país que necesita reconciliarse, pero para el cual la reconciliación no es una prioridad. Esa es nuestra crónica y anacrónica tragedia.

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