Por: Juan Manuel Ospina

La hora de las comunidades

Un conocido economista indio, Raghuram Rajan, de los pocos que previeron la crisis financiera del 2008, ha escrito un libro, The Third Pillar, donde plantea que en el mundo actual tanto el Estado como los mercados dejaron de lado y olvidaron el tercer pilar del edificio social, la comunidad. En esa situación Rajan encuentra la causa profunda de los populismos en ascenso en el mundo, del desbarajuste de la política democrática como la hemos conocido. Considera que los cambios tecnológicos en curso han aislado a los mercados, a la economía de las redes de relaciones humanas, de valores y de normas en las cuales están inmersos; redes que además constituyen el tejido de la vida social y de las vidas individuales.

Unas tecnologías que han permitido comunicar a las personas de una manera que hace 25 años nadie se hubiera siquiera atrevido a imaginar. Ese resultado en principio positivo ha sido sin embargo socialmente perverso, pues si bien la tecnología rompió las barreras espacio-temporales que alejaban e inclusive aislaban físicamente, no generan cercanía real entre las personas. Se perdió el especial encanto que tenía escribir o recibir una carta o esperar la llamada telefónica. Hoy estamos más cerca los unos de los otros, literalmente al alcance de la mano, pero humanamente más aislados y distantes. Nada más deprimente y preocupante que el cuadro de una familia en su almuerzo dominguero sentada en la mesa pero en silencio y sin mirarse, porque cada uno está ensimismado con su celular. Conversar en la mesa, aunque suene baladí, ha sido uno de los pilares de la vida social, aportándole sentido y continuidad. Lo que sucede en la mesa familiar está pasando a nivel de la sociedad: más juntos que nunca pero incomunicados, solos en medio de la multitud.

Las comunidades con sus relaciones, identidades y dinámica cohesiva son los espacios naturales de la vida humana, porque como decía Aristóteles somos animales sociales, políticos; no son obra o creación ni del Estado y sus políticas ni del mercado y sus reglas. Rajan plantea que la tecnología del computador y el celular no sustituye a las comunidades reales, que una economía sólida tiene como requisito fundamental generarle beneficios a la comunidad y que esta es un componente indispensable de una sociedad sana.

Quien habla de comunidad habla también de los espacios funcionales y naturalmente delimitados donde esta se conforma, los territorios. Atender a las comunidades, abrirles o, mejor, recuperarles el reconocimiento y el papel que tuvieron en épocas anteriores es la tarea por realizar para que la sociedad contemporánea recupere su tercer pilar, cuyo desconocimiento la tiene hoy abocada a las amenazas de los populismos; la falta de certidumbres que esta situación genera es además un factor significativo en la actual epidemia de consumo de drogas que vive el mundo. La atención a las comunidades implica que en términos de políticas públicas estas deben tener una base, un sustento territorial que el cosmopolitismo de una globalización a raca mandaca dejó de lado, olvidando que los humanos somos hijos y constructores de territorios.

Comunidades y territorios asociados son las únicas realidades que pueden generar el reconocimiento y los elementos de identidad que el mercado no produce y que el Estado sí hace, pero a un nivel normativo y no vivencial. La ausencia de reconocimiento y elementos de identidad ha llevado a un creciente apoyo ciudadano a populismos inspirados en un nacionalismo chato y estéril y en la afirmación de una falsa identidad, xenófoba y socialmente excluyente.

El reconocimiento de la comunidad como el tercer pilar del edificio social lleva al replanteamiento que hoy la política democrática requiere con urgencia, no para restaurarla con espejo retrovisor sino a través de una estrategia de fuga hacia adelante para que jalone y no siga a remolque de los acontecimientos. Para que sea la hora de las comunidades. En esa tarea de reconfiguración de la política y lo político, lo comunitario y lo ciudadano deben ser levadura y fuerza transformadora de lo actual. Colombia necesita asumir la tarea. Amanecerá y veremos.

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