Por: María Elvira Bonilla

La hora de los campesinos

SANTA ROSA ES UN PUEBLO PERDIdo en la Bota caucana. Para llegar por aire en helicóptero desde Popayán, se atraviesa el majestuoso Macizo Colombiano, la mayor fábrica de agua del país.

Páramos con bosques intactos cubiertos de frailejones y de árboles enormes que desde el aire parecen una sábana verde infinita. Los campesinos que habitan estas tierras localizadas en un corredor controlado hasta hace cinco años por las Farc y que durante décadas utilizaron para moverse hacia el Huila y el Caquetá, Nariño o el Putumayo, deben transportarse por un carreteable que toma 13 horas en medio de abismos y despeñaderos para llegar a la capital del Cauca. Los que viven allí son unos sobrevivientes de muchas guerras con el M19 primero y luego con unas Farc ensañadas con los pobladores inermes y de una pobreza que no ha dado tregua, alimentada por un siglo de abandono estatal.

Hasta allí llegó el sábado pasado el equipo directivo del Ministerio de Agricultura con Juan Camilo Restrepo a la cabeza, con su agresivo plan de titulación de tierras con el que buscan sacar de la informalidad a millones de campesinos en este cuatrienio. El 40% del campo colombiano no tiene títulos de propiedad, con lo cual difícilmente pueden articularse a los procesos productivos, a los subsidios, al crédito, al desarrollo. Campesinos que mueren después de veinte, treinta, cuarenta años de trabajar un predio sin haber sido dueños. El desafío de conseguir una titulación masiva, proactiva en áreas de consolidación, zonas de reserva campesina y donde han podido regresar los desplazados por la violencia a ocupar su terruño, junto al prioritario plan de restitución de las tierras del despojo y el impulso al desarrollo agrícola, son los engranajes fundamentales de la locomotora agrícola.

Una locomotora que se propone alcanzar una transformación de fondo. Cambiar el pasaje del campo colombiano, con sólo 4,5 millones de hectáreas cultivadas, cuando podrían ser 18 millones y que están hoy mayoritariamente en ganadería o improductivas. Lograr un campo poblado, con asomo de modernidad, donde haya espacio para unas aldeas activas, veredas llenas de vida y de sueños, con jóvenes con acceso a la educación y al trabajo, al mundo global a través de internet, que bailen reguetón y se decoren el rostro con piercings sin tener que perder su arraigo y trasladarse a mal vivir a los tugurios urbanos. Por esto el ministro Restrepo insiste en que se trata de un Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, en que los 12 millones de habitantes rurales, de los cuales 8 millones son campesinos que han estado abandonados por décadas, sean los protagonistas. Pero no del conflicto, sino de construcción de país. Para que organizados accedan al apoyo del Estado y produzcan y comercialicen alimentos y logren articularse a un país obligado a avanzar hacia la modernidad con un campo próspero y esperanzador.

Emocionaba ver a hombres y mujeres maduros y otros viejos, de manos encallecidas y rostros tostados por el sol y el frío de los Andes, allí en la perdida Santa Rosa, en el corazón geográfico de Colombia, donde nacen las tres cordilleras y los ríos tutelares, acercarse a recibir, cuando se mencionaban sus nombres con apellidos impronunciables de origen indígena, su título de propiedad. El sábado fueron 230 las familias a las que se les abrieron las puertas de un nuevo porvenir que se suman a las de El Tambo, Balboa, Fonseca en La Guajira, Chocó, Guainía, Puerto Inírida, Chaparral en el Tolima, Putumayo, María la Baja y otras veredas de los Montes de María donde se han realizado jornadas de titulación para empezar a romper el círculo de la inaudita marginalidad. No será una tarea fácil la que se ha propuesto la locomotora agrícola del gobierno Santos, pero al menos sí muy esperanzadora. Porque de la mano de ésta, tarde o temprano llegara la paz a Colombia. El único camino posible.
 

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