Por: Humberto de la Calle

La hora de Lula

ES CLARO QUE, COMO OCURRIÓ AL- guna vez en el Imperio Romano, el papel de potencia única y de centro unipolar del poder mundial, les está saliendo costoso a los Estados Unidos. Algo insostenible en momentos de crisis. Con Obama se inaugura una retirada estratégica, lo cual incluye también a Latinoamérica.

Pero como no se trata de salir corriendo, es claro que Estados Unidos buscará retirarse con método. Y para ese efecto, entre otras muchas cosas, necesitará dejar a cargo líderes locales, no importa que no sean enteramente afiliados a una línea pro yanqui. Basta con que muestren sindéresis, sentido de la responsabilidad y posibilidades reales de ejercer el liderazgo que se espera.

Salto a lo ocurrido en El Salvador: no sólo fue trascendental el triunfo de una izquierda con pasado guerrillero, algo que quizás no hemos valorado lo suficiente en Colombia. Como lo han detectado analistas sagaces, comienza una era en la que prácticamente ha desaparecido toda influencia de México en el pequeño país centroamericano, a consecuencia de los graves problemas internos que agobian a los aztecas. Y lo propio empieza a ocurrir en toda Centroamérica. Es ahora la sombra de Lula el factor determinante allí, así como en Sudamérica. Lula se ha convertido en un punto equidistante entre el deseo infantil de Chávez de estar siempre llamando la atención de manera altisonante, la mirada torva de Correa, la política zigzagueante de Kirchner y la adusta frialdad de La Moneda en Chile. En el caso de Colombia, es claro que la distancia sideral en el plano de las relaciones internacionales, que era la característica de nuestros vínculos bilaterales, ha comenzado a recortarse.

Lula ahora juega en las grandes ligas. Va al G20 a luchar por un nuevo modelo económico, reclama un puesto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se zafa de la dependencia del petróleo extranjero, baja la tradicional inflación estratosférica al domesticado 4,5%, reduce la deuda del 55% al 35% del PIB, saca 20 millones de habitantes de la pobreza y alcanza el crecimiento y la inversión más altos en los últimos 30 años. Todo eso con un 84% de popularidad, lo que lo convierte en el polo magnético de Brasil, punto de encuentro de ese complejo país.

Es seguro que Obama pretende erigir a Lula como un nuevo líder latinoamericano. Es claro también que a él le toca lidiar con los loquitos del vecindario. Es indiscutible que la hora de Lula ha llegado.

Una lección para nuestra izquierda. En efecto, Felipe González defenestró al viejo comunismo para darle cara moderna al PSOE, Blair optó por la tercera vía y Funes ganó en El Salvador con un mensaje alejado del viejo extremismo. Entre nosotros, sectores recalcitrantes de la izquierda no se atreven a dar el paso y, más bien, prefieren degollar a quienes proclaman un cambio de fondo en la orientación del Polo Democrático.

El testimonio de Lula debería ser suficiente para que meditaran a fondo sobre las potencialidades de una izquierda que trepida a causa del miedo a afrontar la modernidad.

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