Por: Eduardo Barajas Sandoval

La hora de Úrsula

Poco a poco, los ciudadanos de los países miembros, y los del resto del mundo, se van acostumbrando a tener en cuenta a quien represente a la Unión Europea como actor de primera línea entre quienes toman decisiones de trascendencia global. Algo inimaginable a lo largo de la tremenda historia de enemistades y guerras que han vivido los pueblos de Europa, hasta llegar a ese remanso de paz que ha significado la Unión.

La Presidencia de la Comisión Europea, posición clave dentro de una institucionalidad que ha cambiado la cara del continente y evitado el retorno apocalíptico a un pasado de división y enfrentamientos indeseables, ejerce la jefatura de la Rama Ejecutiva de la Unión, a la cabeza de un gabinete de comisionados, y tiene la responsabilidad de proponer legislación, negociar tratados, hacer cumplir las decisiones de los órganos colegiados, adoptar políticas comunitarias y dirigir las actividades de funcionarios dedicados a que las instituciones no solamente sirvan, sino que obtengan reconocimiento y legitimidad. Hacia el resto del mundo, representa a la Unión y dialoga, negocia y defiende los intereses del grupo. Por eso toma parte en la discusión de los problemas de la economía, la seguridad, y demás asuntos de escala mundial. 

Los personajes que han ejercido hasta ahora la Presidencia le han dado al Ejecutivo alta significación política, dentro y fuera del ámbito comunitario. También han cumplido la tarea de mover el aparato burocrático y han podido ubicar a la Unión en el contexto de los grandes actores de la discusión permanente sobre el destino del mundo. De ahí que la escogencia del reemplazo del luxemburgués Jean Claude Juncker, al vencimiento de su mandato de cinco años, exigiera cuidado particular. 

La canciller de Alemania sostenía que la Presidencia de la Comisión debería corresponder al jefe del grupo mayoritario resultante de las elecciones europeas de mayo. Tendencia que comenzaría a dar piso institucional a la realidad política del apoyo parlamentario como premisa para ejercer las funciones ejecutivas. El presidente francés, en cambio, consideraba que para hacer el oficio no bastaba con ser un jefe exitoso de partido o haber sido capaz de ser elegido al Parlamento, sino tener fuerza y amplitud suficientes para liderar una institución de otra índole y dimensiones. Por lo cual llegó inclusive a insinuar la designación de la propia señora Merkel, de salida en la vida política alemana. 

Atrás quedaron Manfred Weber, jefe del grupo parlamentario más grande, Partido Popular Europeo, Frans Timmermans, de los socialistas y demócratas, la danesa Margrethe Vestager y el checo Jan Zahradil, representantes todos de fuerzas distintas en el seno del Parlamento elegido hace dos meses. Se impuso en cambio la idea de designar a alguien con trayectoria de gobierno, de la variedad cultural y conocimiento de las complejidades de problemas sociales que es necesario atender. 

Propuesta por el presidente Macron en el Consejo Europeo, órgano que postula los candidatos a la Presidencia de la Comisión, Úrsula von der Leyen, la escogida, y ya elegida presidenta, la primera mujer, por parte del Parlamento Europeo, ocupaba hasta ahora el cargo de ministra de Defensa de Alemania. Médica, iniciada también en economía, feminista, madre de siete hijos, pertenece a una familia de antecedentes empresariales y políticos de diferente amplitud, pues su padre trabajó para la naciente Europa comunitaria de los años 50, y llegó años más tarde a ser ministro presidente del Estado Federado de Baja Sajonia. 

Nacida en Bruselas y habiendo estudiado un tiempo en la Escuela de Economía de Londres, bajo seudónimo y la protección de Scotland Yard, ante el peligro de ser víctima de las acciones terroristas de “Baader-Meinhof”, se graduó más tarde como médica en Hannover.  Está familiarizada con tres idiomas y tres culturas europeas claves para su oficio. Además, desde su incursión en la política acumuló conocimiento y experiencia, como parlamentaria, y en la conducción de las carteras federales de Tercera Edad, Mujeres y Juventud, y Trabajo y Asuntos Sociales, antes de llegar a ser la primera mujer ministra de Defensa, siempre dentro del gabinete de Angela Merkel, y con la perspectiva evidente de ser una de sus posibles sucesoras. 

Además de armar un equipo que deje contentos a países y partidos, la señora von der Leyen deberá cumplir las promesas que hizo para lograr su elección y también sanar las heridas que en uno u otro campo hayan quedado como consecuencia de su victoria en la contienda por la Presidencia. Además deberá desvirtuar el resentimiento que en algunos sectores deja la aparente supremacía del binomio París-Berlín, del que algunos consideran que ella sería una marioneta. Pero, más allá de todo ello, está marcada por desafíos de talla mayor, tanto en el ámbito europeo como en el de las relaciones con otros continentes.

De su tino en el manejo de argumentos y la dosificación de medidas, depende que la Unión Europea no termine debilitada con motivo del eventual retiro de la Gran Bretaña. Defensora de la Europa Federal, seguramente avanzará en la dirección que lleve a una unión cada vez más fuerte, lo mismo que hacia la configuración de un “ejército combinado” de los países miembros. Por lo demás, ya se ha comprometido en la defensa de causas como la lucha contra el cambio climático, y modificaciones al funcionamiento económico y a la estructura institucional de la Unión, así como con medidas sociales que reclaman los partidos de la socialdemocracia. 

El manejo de la política migratoria, y la respuesta a los llamados a la revuelta por parte de regiones y gobiernos de inspiración populista que reclaman mayor grado de autonomía frente a las políticas comunitarias, no tardará en poner de presente sus habilidades y su capacidad para resolver problemas sustanciales. Lo mismo sucederá con la forma como maneje el incumplimiento de parámetros comunitarios, como lo hace Polonia al no haber revertido normas que permiten la interferencia del gobierno en la administración de justicia. A todo lo cual hay que agregar la prueba de resistir los embates de la impredecible política exterior de los Estados Unidos hacia sus aliados europeos. 

En manos de una mujer, en buena hora, está en gran medida el destino de la Europa comunitaria, modelo de reconciliación, amistad y cooperación internacional. El sostenimiento político, interno y exterior, de la Unión Europea, así como su palabra y su acción, resultan al mismo tiempo esenciales en la configuración del mundo del inmediato futuro, lleno de incertidumbres, pero también de oportunidades que, en buena medida, dependen de la estabilidad y consolidación de una Europa democrática y comprometida con la promoción y defensa de los valores que ha promovido. Dentro de sus compromisos debe figurar también el servicio a la causa del desarrollo integral de regiones del mundo, hoy “exportadoras de migrantes”, que han recibido el impacto de la influencia europea, y frente a las cuales aún no se han pagado deudas históricas que es necesario saldar. 

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