Por: Juan Manuel Ospina

La hora del congreso

¿Será capaz el Congreso de la República de recuperar su importancia y dignidad, impulsado por las expectativas de paz que se van consolidando en La Habana?

 Ese sería el primer cambio concreto producto de las conversaciones en curso para el cese del conflicto armado. Y se lograría en el área más crítica del país: en la política.

En eso hay que abonarle al Uribismo el haber colocado como su objetivo principal en la coyuntura política actual, su decisión de estar presentes como fuerza política en el Congreso. Sin entrar a analizar las motivaciones detrás de su propósito, lo cierto es que le apostaron a convertir el Congreso en el epicentro de la actividad política y de la discusión de los temas gruesos de “una agenda nacional”. Este hecho le permitirá recuperar su credibilidad y el reconocimiento y respeto ciudadano. Y para logarlo deberá abandonar la rutina de los pequeños acuerdos que forman parte del día a día del trabajo político y congresional, que por su misma naturaleza son bastante prosaicos.

Pues bien, Antanas Mockus desde su perspectiva, también lo ha visto así, y ha señalado al Congreso como el escenario para definir el perfil y el rumbo del país, que serán los años del postconflicto, de la transición democrática hacia una Colombia en paz. Sus motivaciones son distintas, incluso opuestas a las del uribismo, nacidas más bien de su reconocida capacidad para captar “en el aire” e interpretar las expectativas, frustración y rabia de sectores importantes de una clase media desencantada con un presente político marcado por la corrupción y la mediocridad.

Desde la orilla del Partido Conservador se le da también importancia a la elección de los congresistas pero no con el propósito de liderar desde ahí la discusión y diseño del país del postconflicto. La izquierda, dividida como siempre, busca igualmente no solo sobrevivir como archipiélago de grupos minoritarios sino capitalizar los aires de cambio que desata el proceso de paz y que algunos quisieran convertir en la antesala de la revolución que no trajeron las armas. Los liberales cabalgan en el afán de Juan Manuel Santos de consolidarlos como la primera fuerza política, sin mayores discusiones adicionales.

Para las elecciones locales de 2014 podría igualmente manifestarse con bríos otro cambio político. La transición del postconflicto tendrá sabor y arraigo territorial, movida por procesos de desarrollo con “enfoque territorial”, en el mejor espíritu de lo que estableció sabiamente la Constitución del 91 al ordenar construir la Nación y fortalecer su unidad a partir del reconocimiento y aprovechamiento de su diversidad regional. No haberlo hecho ha sido una de las principales razones de nuestra larga historia de alta conflictividad social y violencia. Llegó la hora de acometer la tarea pendiente.

El inicio del cambio político planteado no es una tarea fácil y hoy tiene más interrogantes que respuestas. Un cambio que no debe que debe ir más allá de simplemente poner caras nuevas en las listas de los partidos. Exige que sectores crecientes de ciudadanos estén abiertos y dispuestos a escuchar planteamientos de renovación y a acompañar con su voto las propuestas que consideren serias.

El proceso de cambio en la política lo catalizará la construcción de la paz fruto de un ejercicio continuado de democracia comprometida y concreta, no simplemente discursiva, que se realice enraizado en realidades territoriales definidas y con actores sociales igualmente identificados. No es algo para mirar simplemente desde la barrera. Debemos todos declararnos disponibles para el compromiso, abiertos a escuchar y analizar las propuestas y a exigirles a quienes las formulen que las honren, más allá del día de elecciones.

 

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