Por: William Ospina

¿La hora del olvido?

YA SE SIENTE. TODOS OLVIDARÁN EN ocho días que los votos de Santos eran de Uribe. Ahora son votos de la vieja y pulcra aristocracia colombiana.

Un soplo de lavanda, un viento de limpieza y de frescura pasa por los salones del poder creando en todos la ilusión de que ha empezado el reino milenario. Pero la política, y sobre todo la política en el sentido colombiano de la palabra, tiene sus miasmas propios, sus vapores mefíticos.

¿Cuándo se habrá regenerado la democracia colombiana? El día en que el Salto del Tequendama huela a agua y a musgo; el día en que el río Bogotá no sea el retrato secreto de nuestro orden urbano; el día en que el río Magdalena no esté envenenado con mercurio y no haga nacer niños con el paladar hendido; el día en que cuatro millones de campesinos que hoy piden limosna en los semáforos, o en las ventanillas de Acción Social, sean protagonistas verdaderos de nuestra historia; el día en que veinticinco millones de pobres absolutos que tiene Colombia sean cincuenta millones de manos produciendo y consumiendo, y millones de cerebros aportando su inteligencia a este país donde todavía la cuna decide desde el primer día si uno será sicario o presidente.

Ya se siente. Mucha gente que se benefició con este experimento de plata en una mano y fusil en la otra, de una vela a Dios y otra al Diablo, de diminutivos y palabrotas, de humildad simulada y soberbia con poncho; mucha gente que se benefició de este régimen que sabía siempre cuándo abrir los ojos y cuándo cerrarlos; dónde no enterarse de nada (como con DMG) y dónde enterarse de todo (como en los teléfonos intervenidos por orden del poder); gente que aplaudió y bendijo las licencias de un legalismo entreverado de arbitrariedad y de trampa, ahora volverá al clásico respeto de las apariencias, a la misa piadosa, al habla bien castiza, a la respetabilidad republicana que nos legaron nuestros mayores, y tratarán de cerrar la grieta que se abrió en las viejas murallas del poder, por donde rezumó una cierta pestilencia.

Ya se siente. Como al otro día del episodio de las bananeras en la novela de García Márquez, aquí no habrá pasado nada, todo fue un malestar, un mareo, un mal sueño. Los linajes más respetables no apoyaron jamás a las hordas del saqueo; “nadie los vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú revolcándose en el fango sagrado”.

Todos descubrirán con horror que, además de los secuestros y los otros crímenes de las guerrillas, el fruto podrido de cien años de exclusión y de eterna violencia contra los campesinos, otros horrores prosperaron. Tratarán de no ver que mientras los reflectores iluminaban la trama brutal de las guerrillas y las cadenas infames en los cuellos de los secuestrados, procuraban hacer invisibles las masacres y las fosas comunes de los otros. Porque así fue siempre nuestra democracia: odio eterno a los crímenes de los que combaten el poder y perdón eterno a los crímenes de los que defienden el poder.

Ojalá sea cierto todo lo que descubren complacidos muchos críticos, que las élites colombianas están empeñadas por fin en echar a andar un esfuerzo de productividad y de prosperidad para todos. Pero, como eso es lo que dicen cada vez que comienzan un nuevo reinado, habrá que ver con cuánta convicción están hablando, cuánta sinceridad los ilumina. Por ahora el poder parece haber vuelto a las manos de los predestinados: el río vuelve a su cauce. Pero todos sabemos que la supuesta estabilidad de los últimos años no nace de la industria, ni de la agricultura, ni de la creación de empleo, ni ha modificado la horrible estructura de distribución del ingreso que ha sido la causa de todas nuestras catástrofes. Hasta es incomprensible que el país haya sobrellevado sin hundirse el colapso de su comercio con Venezuela y con Ecuador.

Nos dirán que cesó la negra noche, con todos los fantasmas que reinaron en ella, y los consentidos del poder vendrán a recibir como siempre, a manos llenas, las auroras de su invencible luz. Pero me temo que no será tan fácil recoger esa cosecha de paz y de prosperidad sin asumir el precio inevitable.

Ahora querrán que Uribe no hable más, que pase a buen retiro, que no estorbe al proyecto grandioso de regeneración de la patria. Pero Uribe no ignora que el único prestigio político que hay hoy en Colombia es el suyo, que los santos se están iluminando con velas ajenas, que muy posiblemente la patria ya no les pertenece solamente a los vástagos de la aristocracia republicana.

Y si no quieren compartir ya con él la gloria inmarcesible ni el júbilo inmortal, si les parece demasiado campechano y demasiado ecuestre, él y los suyos se encargarán de recordarnos a todos que aquí sí pasó algo.

 

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