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hace 3 horas
Por: Santiago Villa

La hora negra de la Alianza Verde

El verde es el color de moda. Más que el blanco, en un mundo asediado por amenazas ambientales, el verde representa la bondad y la esperanza de un futuro posible. Este color, hace unos 15 años, estaba ausente en la política colombiana, y para unos electores que buscaban renovación, opciones interesantes que no estuvieran ligadas al uribismo o al izquierdismo, cayó como anillo al dedo.

Ante la ausencia de un Partido Verde en Colombia, en el 2005 un grupo de políticos abrió una sucursal en nuestro país. No voy a juzgar si la idea inicial era privilegiar los temas ambientales en la plataforma del partido. Asumamos que sí. Lo que pronto quedó claro es que el partido desestimó los temas ambientales como su principal plataforma. Primó una vaporosa propuesta del “respeto a la vida”, y en la práctica se asoció a la misión ambiental de manera oportunista o al menos superficial, a través del color y su girasol.

Aunque últimamente he votado más por políticos de la Alianza Verde que otros partidos, siempre me ha molestado que sea inconsistente con lo que vende. Un logo de aceite de cocina no es suficiente para asumirse como el partido cuyo principal objetivo es la defensa ambiental.

No me gustan los partidos de derechas, pero al menos con ellos uno sabe a qué atenerse. A nadie toman por sorpresa su defensa de la clase empresarial y su militarismo, las limitaciones a las libertades individuales y su oposición a la ampliación de derechos para minorías sexuales. Las derechas no son más amigas del medio ambiente que del desarrollo económico, y por eso uno de los principales promotores de Hidroituango fue Álvaro Uribe. Allí no hay nada de qué extrañarse.

En cambio, resulta engañoso que un partido se apropie de la simbología de los defensores ambientales para proceder de manera impredecible. A veces protege los intereses ambientales, a veces no. Esto es inaceptable. Los debe proteger siempre.

Aunque hay muchos políticos honestos y valiosos dentro del Partido Verde —probablemente más que en otros movimientos políticos—, también se ha convertido en un “lavadero de imagen” o, para usar un término menos ofensivo, una “tabla de salvavidas” para políticos olvidados o que vienen de partidos desprestigiados y quieren reencaucharse como representantes de la virtud política.

Algunos quisieron salvarse del naufragio del Polo Democrático tras la alcaldía de Samuel Moreno. Pienso en Luis Eduardo Garzón, Antonio Sanguino e incluso Antonio Navarro, a quien no obstante le tengo admiración.

Otros querían recuperar protagonismo político con sus propuestas de centro político. Pienso en Antanas Mockus y Sergio Fajardo.

Otros, impulsando la asociación de “verde” con “bueno” u “honesto”, y no necesariamente con medio ambiente, promueven una política socialdemócrata y liberal. Pienso en Claudia López y Angélica Lozano, también brillantes parlamentarias.

El Partido Verde, más que un partido ambiental, es en realidad un partido de centro político. No en vano su primer nombre fue Partido Verde Opción Centro. El verde, seamos honestos, es un símbolo que le colgaron para tener una imagen más favorable. Fue un golpe de publicidad genial, si bien engañoso. Eso parecería inofensivo, pero no: tarde o temprano esta táctica, como todo engaño, iba a cobrar su precio.

Entra a escena la tragedia de Hidroituango y el río Cauca.

Ha llegado la hora negra de la Alianza Verde porque su candidato presidencial, Sergio Fajardo, fue gobernador cuando el proyecto de Hidroituango tomó el derrotero que llevó a una de las peores tragedias ambientales de Colombia.

Su defensa ha sido insistir en que la Gobernación no tomaba decisiones técnicas y que solo aprobaba presupuestos. Pero si el principal interés de su gobernación hubiese sido la protección del medio ambiente, ¿habría firmado esa chequera en blanco sin hacer más preguntas? ¿Durante su gobernación primó la protección del medio ambiente sobre los proyectos energéticos? Es evidente que no. La hidroeléctrica era más importante que el río. En un auténtico partido verde esto no habría sucedido.

El Partido Verde se halla en una grave crisis de legitimidad si pretende representar la bandera ambiental. La responsabilidad política de esta tragedia no la debería asumir solamente Sergio Fajardo, sino el partido en su conjunto. ¿Cuáles son los compromisos ambientales que deben asumir los gobernantes que lo representan? Nadie sabe. Eso no está claro porque no parece importante para el partido.

El objeto de esta columna no es lanzar una ofensiva contra todos los representantes políticos del Partido Verde, sino exigirles que sean un auténtico Partido Verde. Este movimiento está en mora de hacer una profunda autocrítica a la poca atención que le presta a su política ambiental.

Ahora, si no piensan ser un auténtico Partido Verde, sino seguir encarnando una opción de “centro político” —que es lo más probable y estarían en todo su derecho—, al menos entreguen esa bandera verde a quienes en realidad tendrían intenciones de priorizar la agenda ambiental sobre cualquier otro interés. Llámense otra cosa. Los Socialdemócratas, por ejemplo, sería un apelativo más sincero.

Twitter: @santiagovillach

 

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