Por: Juan David Ochoa

La humanidad y el viento

Se ve tan recio, tan claro, tan sensual; tan seguro y sereno y convencido de su hegemonía ante la larga historia de todas las especies que supo arrodillar y rendir bajo su cuerpo y sus látigos.

Tan imponente se ve en la irradiación de sus nacionalismos, tan inmutable en sus reglas, en sus leyes y en su funcionalidad de horarios y de ritos inviolables. Pueden verse sus ciudades trazadas con el pulso de la vanidad que fomentó una evolución avasallante, sobreexcitada en los empujes de la guerra y en las puertas abiertas del descubrimiento. Se ven los monumentos de su vanagloria en los centros del tráfico representando el virtuosismo de la voluntad y los niveles de la extravagancia. Los museos del orgullo y la vergüenza demostrando los alcances de su vitalismo, los giros de sus dimensiones. Se ve tan firme y tan ileso en su complejidad, tan imperioso y mayestático que espanta.

Soportó las torturas de la intriga entre los sótanos de la prehistoria, cuando ni el juego del lenguaje ni el auxilio del concepto le ayudaban a descifrar el terror que le imponía el bombardeo de todos los misterios. Soportó, irónicamente, el contraste del extremo opuesto: la multiplicidad de las ideas y las teorías en la Grecia helénica; la extensiva polaridad de las verdades, la profundización de las sospechas, la dispersión del pluralismo. Resistió, por un milenio entero, el gobierno oscuro de un catolicismo criminal que incineró el progreso, el deseo, la voluntad. Con la astucia, el silencio o la simulación podía eludir la sed de los pirómanos y el hacha paranoica de los verdugos. En su lenguaje y en su inteligencia tenía los recursos de la salvación.

Resistió, con las mismas virtudes, los duros surgimientos del fascismo. La voluntad y las ideas fueron más drásticas que la amenaza de las balas, las estrategias podían torpedear las incursiones de las tropas. Los argumentos podían definir el giro de los siglos. Pero un solo estrujón del viento arrasa con la historia y la sumerge en su espiral de rabia. Todas las razas y los rótulos son títulos deshechos en el aire y nadie puede disentir ni argumentar ni recurrir a los recursos de la astucia. Los argumentos y la lógica tienen la misma liviandad de los cuerpos, de los troncos, de las vigas, de los muros. El viento ruge y la física se rinde y obedece. Entrega su debilidad con las ficciones de los hombres que se vieron obligados al delirio para subsistir. Y toda su moral y sus inventos de piedad y honra y sacrificio, sus dioses subjetivos, rectores de la dualidad quimérica del mal y del bien y las metáforas del vicio y la virtud y las escalas de leyes y perjuicios, son escoria levantada por la voz ensordecida de un tifón que avanza y desintegra espacios, estirpes y futuros y escupe sus residuos sin pudor ni culpa y se detiene cuando quiere. Diez mil cadáveres lanzó sobre las ruinas y el fango en Filipinas, y sigue su camino.

 

*Juan David Ochoa

 

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