Por: Melba Escobar

La idea del futuro

Cuando era pequeña creía que los adultos siempre sabían lo que estaban haciendo. No sé de dónde me vino esa idea, pero creo que era bastante frecuente entre los otros niños de hace 30 años o más.

Lo cierto es que algo ha cambiado. Mi hija de cuatro años me cuestiona todo el tiempo. Duda de mi capacidad de tomar decisiones para vestirme (recalca que la chaqueta o el bolso no combinan). También cuestiona si eso es lo que debemos comer de almuerzo, o si ese es el programa de televisión que deberíamos estar viendo.

Tiene otras inquietudes que traspasan las puertas de nuestro hogar, como cuando le dijo al portero que no era bueno para él dormir sentado y en uniforme, por lo cual debería ir a su casa y traer su cama para descansar adecuadamente. Al mismo portero, un domingo quiso invitarlo al parque porque “está haciendo sol, no te vas a quedar aquí solo sin hacer nada”. Pensé que sus cuatro años están llenos de verdades naturales, difíciles de refutar y que, a veces, los adultos somos los que construimos unas reglas arbitrarias, o en cualquier caso rígidas hasta la ridiculez.

Algo pasa en ese trayecto a la adultez, porque en el camino vamos desinstalando preguntas vitales, sentido común, para ir acomodando en su lugar costumbres hechas a fuerza de repetición. Llámenlo tradición si se quiere, pero esas acciones que repetimos por inercia van llevando a una aceptación bobina de eso que reducimos a un “porque sí”.

Hay algo amargo en pensar que crecer es someterse a una forma arcaica, a menudo errónea, de hacer las cosas. Es quizá por eso que aunque a veces me agota la energía de mi hija para llevarme la contraria, también encuentro consuelo al notar que ella no cree que los adultos sepamos siempre lo que estamos haciendo. Y es quizá ahí donde yace su poder para pensar de una forma nueva. En ella veo a una persona que se sabe integrante de una comparsa donde no hay jerarquías, o donde las jerarquías son apenas otro de tantos inventos que, como todos, se pueden repensar.

Ya hace rato llegué a la vida adulta y no pasó nada de lo que esperaba. No se me aparecieron las respuestas correctas, ni dejé de equivocarme. Sigo siendo torpe y mi parte adulta a menudo se justifica con un “así son las cosas”.

Estoy comenzando una novela y por unos meses le dedicaré toda mi energía y mi tiempo. Si al final no la termino, o no resulta tan buena como me la imagino, en todo caso no será culpa del tiempo que me quitaba escribir esta columna. Ya les contaré qué pasa cuando uno no tiene excusas para dejar de hacer algo. A veces pienso con terror que ser adulto es tener muchas excusas; comenzar a envejecer, luego morir, siempre con renovadas excusas que nos llenan de inercia vital. Espero que ese no sea el resultado de mi descubrimiento.

Este espacio quincenal que tengo desde hace dos años ha sido importante para mí. Aquí también he querido pensar en voz alta y quizá incluso aportar algo a alguien. No sé si lo he conseguido. Lo importante, al final, es haberlo intentado. A quienes me leyeron, y a Fidel Cano por el espacio, tantísimas gracias y más.

@melbaes

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