Por: Augusto Trujillo Muñoz

La ideologización de la política

Decía Gabo que la realidad desborda la fantasía. Es más aún: no cabe en la ideología.

Lo prueban dos columnas publicadas en este diario. La de William Ospina (junio1º/14) cuando muestra a Santos como vocero de la misma élite imperturbable y desdeñosa que gobierna al país desde hace un siglo; y la de Mauricio García (junio7/14) cuando recurre a Marx para decir que los dos candidatos presidenciales representan el conflicto entre los “señores del capital” y los “señores de la tierra”.

Eso es puro ideologismo. El siglo xx conoció el equipo político más lúcido de nuestra historia republicana. Llegó al gobierno de la mano de Alfonso López, y fue capaz de modernizar el país y cambiar estructuras sin el sobresalto de las revoluciones. Los Lleras, Echandía, Gaitán –dirigentes de excepción con visiones distintas- facilitaron la recirculación política. Por desgracia ésta se detuvo en medio de la violencia y las dictaduras del medio siglo. Pero no se pueden encasillar aquellos procesos en una perspectiva lineal, que impida ver sus complejos matices.

La diferencia entre Santos y Zuluaga no pasa por la dicotomía entre “tienda” y “hacienda”, que sería la expresión criolla –y decimonónica- de la antedicha formulación de Marx. Esa es otra forma de encasillar la realidad en esquemas que la reducen. Zuluaga podría ser tan “señor del capital” como Santos y, si se quiere aún más, porque su alcaldía de Pensilvania es marginal frente a su condición de gran empresario. En Santos, por el contrario, pesó más la vocación política que el compromiso empresarial.

El éxito de Uribe reside en su inteligencia para sintonizarse con el país. Para Zuluaga, atado a Uribe, éste es su mayor fortaleza pero también su mayor debilidad. Santos, en cambio, tiene autonomía de vuelo. Sabe que la política es el arte de lo posible. Está lejos de ser indoctrinario, pero tiene la capacidad de privilegiar la realidad sobre la ideología. Esa es su gran fortaleza y, por supuesto, la fortaleza de su compromiso con la paz.

El pensamiento moderno acuñó una división ideológica entre derecha e izquierda que, en el siglo xxi, resulta desueta. Quizás sea válida como categoría de análisis, pero no como conceptualización doctrinaria. En ese sentido las dos columnas mencionadas se anclan en el siglo xx, es decir, en el pasado. Lo que seguimos llamando izquierda no se ha podido liberar de los ideologismos. Lo que seguimos llamado derecha suele producir más hechos que teorías. Y eso tiene consecuencias políticas.

Más allá de los columnistas mencionados, la ideologización de la política con fines electorales genera una confrontación peligrosa que produce efectos destructores en la cultura democrática de una sociedad plural. Y la responsabilidad es de los dirigentes políticos pero también de los medios de comunicación que, a menudo, más que orientar la opinión, la suplantan. El gran compromiso del nuevo presidente es la paz. Pero no sólo con los alzados en armas. También entre los millones de colombianos que han comenzado a maldecirse en medio de esta absurda dosis de fanatismo, como si el sentido de la política fuera la confrontación y no el logro de unos acuerdos mínimos. Es increíble. La paz no sólo se volvió el tema central de la campaña presidencial, sino el pretexto para incubar nuevos odios. No hay derecho.

*Ex senador, profesor universitario, @inefable1
 

 

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