Por: Mauricio García Villegas

La igualdad de los iguales

Aristóteles decía que el trato justo o igual consistía en tratar los casos iguales de la misma manera y los casos distintos de distinta manera.

Según esto, la igualdad no sólo se defiende cuando se reclama que todos seamos iguales (por ejemplo a través del voto), sino también cuando se reivindica un trato distinto (por ejemplo, a través de la jurisdicción indígena). Durante las últimas dos décadas buena parte de las energías políticas en favor de la igualdad se han concentrado en la segunda parte de este postulado aristotélico, es decir en el reconocimiento de lo desigual. En eso consisten las luchas que adelantan grupos de mujeres, de víctimas, de negros, de indígenas, de LGBT, y de muchos otros que luchan por la defensa de su identidad grupal. Yo celebro esos movimientos y pienso que mientras la discriminación siga siendo lo que es, esas luchas políticas son necesarias y saludables.

Sin embargo, también pienso que el énfasis en las diferencias culturales nos ha hecho perder sensibilidad por las reivindicaciones universales, en defensa de la igualdad de los iguales. Este no sólo es el viejo tema de la Revolución Francesa sino también un tema actual y de la mayor importancia, pues está relacionado con la igualdad material. Durante las tres últimas décadas los países se han vuelto más productivos a medida que la brecha entre los ricos y los pobres se ha ido agrandando. Para no ir más lejos, Colombia es la sociedad más desigual del continente.

Para resolver este problema no basta con que la ley diga que todos somos iguales o que tenemos igualdad de oportunidades. Sin políticas públicas efectivas, la igualdad no sólo es un principio vacío sino engañoso: un principio que hace ver las cosas mejor de lo que realmente son. Para ponerlo en los términos de Anatole France, la igualdad formal es tan absurda como lo es decir que la gente de París tiene la libertad de escoger entre dormir debajo de los puentes del río Sena o en el Hotel Ritz.

Volver a la vieja noción de igualdad social y ciudadana tiene hoy una justificación adicional. Me refiero a la necesidad de defender al género humano contra algunas de sus peores amenazas: el calentamiento global, la intolerancia religiosa, la irresponsabilidad de los Estados, etc. La única identidad que sirve para enfrentar esos problemas es la universal, la humana. Frente al tamaño de los problemas que enfrenta el mundo hoy en día y frente al desmonte del Estado social que se impone en casi todos los países, la lucha por las identidades grupales parece un tema menor e incluso, en algunos casos, puede ser contraproducente (funcional al sistema).

La globalización nos ha llevado a consumir lo mismo, a hablar las mismas lenguas, a leer la misma prensa, incluso a tener los mismos ídolos y los mismos demonios. Pero nada de eso ha desterrado el espíritu parroquial que anima nuestra visión del mundo, del Estado y de la realidad social en la que vivimos. Nada de eso ha servido para fomentar la idea de una ciudadanía universal o para crear movimientos transnacionales en defensa de la humanidad o al menos del Estado social. Lo global es más mediático y consumista que político y legal.

Viendo el rumbo por el que vamos, estoy seguro de que las luchas políticas volverán a ser otra vez sociales y universales, como lo eran antes. Más aún, tengo la impresión de que las protestas que vienen ocurriendo desde hace ya varios meses en Grecia, España, Wisconsin, Chile, Egipto y otros países árabes, tienen en común el hecho de volver a la vieja reivindicación de la igualdad de los iguales.

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