Por: Nicolás Rodríguez

La imagen de una chiva

Hacer memoria con imágenes es un oficio resbaloso. La creencia periodística en la foto como ilustración de la noticia y lugar último de la verdad es arbitraria. Le creemos más a la fotografía que a cualquier otra forma de conocimiento. Como si, por fuera del mundillo de los refranes, una imagen de verdad valiera más que mil palabras.

Entre los indignados con el control del acceso a las exhumaciones de la masacre ocurrida hace 15 años en Bojayá, Chocó, hay un ejemplo de lo anterior. El debate abierto por dos periodistas (Patricia Nieto y Natalia Botero) ha sido ampliado a una suerte de enfrentamiento entre la prensa y las comunidades afectadas por hechos de violencia. Sin embargo, en muchos casos, más que ante un enfrentamiento, estamos frente a una resistencia contra la fotografía y la presencia de la figura del fotógrafo.

Contra la invasión y el afán. Contra la pornomiseria y el voyerismo. Contra el secuestro de una experiencia íntima. Contra su posible comodificación. ¿No hay ya suficientes libros de sala con los rostros y cuerpos de personas etiquetadas como víctimas en sus portadas? Contra el acto hostil que subyace al ejercicio de dispararle el obturador a un grupo de personas reunidas en un (des)entierro de cuerpos institucional y tardío. Contra estas y otras actitudes, la sociedad civil organizada en Bojayá manifestó su desacuerdo.

Y ahí fue Troya. Quién dijo miedo...

Los que osaron alzar la voz se vieron enfrentados a acusaciones de censura, manipulación y ataque a la libertad de prensa. Se dijo, entre otras cosas, que la iniciativa del “Protocolo para el manejo de las comunicaciones”, liderada con el apoyo de la ONU por el comité por los derechos de las víctimas de Bojayá, era “un escenario de silencio”. De la fotografía explícita de una exhumación, las periodistas involucradas y quienes han hecho eco de su molestia pretendían sacar una Verdad.

¿Cuál es la verdad de una fotografía como esa?

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