Por: Nicolás Rodríguez

La importancia de que los líderes sociales utilicen máscaras blancas

Nicolás Sánchez A. - El Espectador

Además de los silenciados y los que resisten, cabe una tercera categoría para presentar a los líderes sociales, personaje del año en El Espectador.

Se los puede ver en una fotografía reciente, también de este periódico, en la que un grupo de personas sentadas miran teatralmente hacia adelante, hacia las cámaras y micrófonos. Están uniformadas de blanco y portan máscaras para que no los reconozcan sus verdugos. Son los que no pueden dar la cara.

La aceptación resignada, el llanto, la rabia, la frustración o el pedido de auxilio de estos líderes tomó la forma de una máscara que oculta la identidad de los reunidos en Bogotá para hablar de las violencias en sus regiones. La imagen es francamente triste.

El propósito de la máscara podrá haber sido el derecho a la supervivencia y el deseo de llamar la atención con métodos menos tradicionales, a ver si la institucionalidad encargada de defender sus derechos sale de su cómodo letargo. El impacto de la representación del anonimato colectivo, sin embargo, va mucho más allá.

Las máscaras son una forma más de volver a la sistematicidad de los asesinatos. La puesta en escena de las máscaras va dirigida a los asesinos, para que no les sigan el trazo, pero también le habla al Estado. Pues de qué sirve dar la cara y ofrecer un relato de violencia que se suele articular a una región, si ante cada asesinato el Estado volverá a insistir en que no hay patrones ni motivos para reconsiderar sus políticas de atención.

El mensaje bien podría ser el siguiente: en estas máscaras que niegan la identidad se condensa la mirada estatal hacia los líderes sociales. Esto que no somos es lo que siempre ven. Este sujeto anónimo, fantasioso, irreal, desanclado de la historia colombiana, esterilizado y sin conexión con nada es el personaje principal del posconflicto.

Alguien sin cara y sin las cicatrices del pasado, que no haya pasado por el conflicto.

 

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