Por: Columnista invitado

La imprudencia de EE.UU.

LOS PAÍSES DESARROLLADOS SUfren de falta de crecimiento y empleo; los países en desarrollo enfrentan enormes desafíos para adaptarse a la creciente volatilidad de los flujos de capitales y ajustar sus modelos de crecimiento al logro de un desarrollo económico sostenible.

Pero la disfunción política en Estados Unidos llegó al punto de poner todas estas cuestiones de vital importancia (y otras) en segundo plano. Es realmente incomprensible.

La amenaza de impago de la deuda pública de Estados Unidos quedó resuelta (por ahora), pero sigue en pie el problema más serio: parece que tanto para los republicanos como para los demócratas negociar un gran acuerdo fiscal supone costos más altos que llegar al borde de un default por buscar concesiones políticas. No hay duda de que ambas partes hacen un cálculo errado de los costos ulteriores.

Dejando a un lado el impacto externo que tendría en la economía global, cualquier situación que supere un mero default técnico de corta duración produciría un daño tan grande a la estabilidad y el crecimiento de EE.UU., que el sistema político (y ambos partidos con él) no soportarían el cimbronazo. Un cese de pagos deliberado, no provocado por razones de fuerza mayor, llevaría a los acreedores (internos y externos) a perder la confianza en EE.UU.

Algunos toman esto como una señal de que en la práctica nunca se llegará a un default. Es decir, que la frágil economía mundial, cuyas reservas monetarias dependen (por ahora) de una única divisa nacional, puede soportar los tejemanejes de la política estadounidense. Puede que sea cierto. Pero el modo de tomar decisiones (o de no tomarlas) que estamos viendo ya ha creado otros riesgos que, sin duda, se verán reflejados en una presión al alza sobre los tipos de interés, momento en el cual entrará en juego la Reserva Federal.

En vez de una reducción gradual del programa de compra de bonos, es fácil imaginar un escenario donde el balance de la Reserva Federal (ya bastante abultado) tenga que expandirse más rápidamente para contrarrestar los efectos económicos negativos de un aumento imprevisto y rápido del costo de financiación. Y esto justo cuando muchos creemos que para fortalecer el crecimiento económico de EE.UU. lo mejor que puede hacerse es comenzar a abandonar en forma ordenada un modelo de crecimiento basado en estímulos, tanto dentro como fuera del país.

En el resto del mundo, hasta un simple default técnico provocaría graves consecuencias. La Eurozona todavía enfrenta problemas estructurales y de equilibrio, pero se las arregló para crear un espacio de estabilidad en los mercados de deuda pública. Sin embargo, un eventual impago de EE.UU. provocaría una fuga de capitales hacia la Eurozona, cuyo efecto sería una apreciación del euro; esto pondría todavía más obstáculos al crecimiento y a la creación de empleo, además de hacer casi imposible la recuperación de las dañadas economías de la periferia. Tal vez obligaría a adoptar medidas que contrarresten la entrada “excesiva” de capitales, como las que introdujeron Brasil y Malasia.

China y otros acreedores soberanos de EE.UU. pueden sufrir pérdidas de capital muy superiores a las derivadas de la inevitable apreciación de sus monedas.

En marzo de 2009, Zhou Xiaochuan, director del Banco Popular de China, sostuvo que seguir usando el dólar como principal moneda de reserva internacional no era conveniente ni para la economía mundial ni para EE.UU. En una economía global en expansión, el país proveedor de la moneda de reserva se ve forzado a tener déficits de cuenta corriente y, por lo tanto, a adoptar un modelo de crecimiento apalancado que debilita sistemáticamente su fortaleza y su independencia, ya que se vuelve cada vez más dependiente de capitales externos y de la tenencia extranjera de activos.

Ahora vemos que la economía global no solamente depende de la fortaleza del país proveedor de la moneda de reserva, sino también de sus valores; especialmente, de su constancia en poner los compromisos internacionales fundamentales por encima de las disputas internas. Algo que la reciente crisis de gobierno en Estados Unidos ha puesto en entredicho.

A largo plazo, los efectos de la amenaza de un default estadounidense serán enormemente negativos. En primer lugar, reforzará la idea de que la formulación de políticas y las disputas relacionadas girarán en torno de problemas e intereses locales, sin prestar atención a los efectos globales sistémicos (por muy grandes que sean). De hecho, parece que algunas facciones del sistema político estadounidense no entienden que un trastorno del sistema financiero internacional traería de rebote enormes perjuicios para la economía estadounidense.

En segundo lugar, es casi seguro que los acreedores externos comenzarán a considerar los bonos estadounidenses como activos de riesgo, con lo que, en la medida de lo posible, tratarán de diversificar sus carteras. Lo cual no es necesariamente malo (es muy improbable que se produzca una venta masiva de deuda estadounidense, ya que para muchos países sería autodestructiva, entre ellos China), pero el período de transición puede ser problemático.

En tercer lugar, es casi indudable que la disposición de algunos a tomar como rehén la calificación crediticia de EE.UU. para conseguir fines políticos internos acelerará la pérdida de influencia de Estados Unidos en materia de gestión y gobernanza económica mundial. Dicha pérdida puede crear un vacío y producir volatilidad e inestabilidad, ya que hay pocos candidatos a ocupar el lugar de Estados Unidos.

Es cierto que la tendencia a una disminución de la influencia estadounidense (y, en última instancia, hacia una responsabilidad compartida por la estabilidad y la gobernanza económica del mundo) viene de antes, y en cierto sentido es inevitable. Pero al menos se tenía la esperanza de que las transiciones se produjeran gradualmente y en un entorno estable, y que, mientras tanto, EE.UU. seguiría ejerciendo el liderazgo como durante la mayor parte de la posguerra.

Por último, el riesgo de un impago de Estados Unidos puede servir para revivir la propuesta que hizo Zhou en 2009 (tal vez prematura en aquel momento) y acelerar la búsqueda de una alternativa viable al modelo de moneda de reserva única, que ya agotó su utilidad. Al fin y al cabo, a nadie le conviene que el sistema global sea vulnerable a las luchas políticas internas de un único país.

A la economía global le aguardan en los próximos años pruebas tremendas: problemas de crecimiento, empleo y distribución de la riqueza en muchos países avanzados y en desarrollo; una amplia reforma institucional en Europa; la compleja transición a la condición de economía de ingresos medios en China, y la permanente necesidad de reducir la pobreza en todo el mundo. Para manejar estos problemas con eficacia es necesario diseñar un sistema de gobernanza global en el que los asuntos de política interna de un país no puedan poner en riesgo el futuro de todo el mundo.

La amenaza inmediata desapareció. Pero todavía es demasiado pronto para cantar victoria.

Michael Spence - Premio Nobel de Economía en 2001.

Project Syndicate 1995–2013

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