Por: Salomón Kalmanovitz

La independencia del Banco Central

EL BANCO CENTRAL INDEPENDIENte es uno de los grandes logros de la Constitución de 1991, pues contribuyó a reducir la inflación persistente de más de 20% anual que se instaló en el país desde los años sesenta del siglo pasado.

La inflación era producida por el movimiento de los precios fundamentales de la economía al ritmo de la inflación pasada:  la tasa de interés con el UPAC para préstamos de vivienda, la tasa de cambio con la devaluación diaria y los salarios con el IPC del año anterior.

La inflación también era el resultado de una emisión excesiva que recalentaba la demanda. La emisión que requerían los préstamos subsidiados otorgados al sector privado  y los que favorecían al Gobierno, que era plata que no devolvían, tendían a volverse adictivos. La nueva Constitución prohibió los préstamos directos al sector privado; además condicionó  los préstamos al Gobierno a  una decisión unánime de la Junta Directiva del Emisor, cerrando esta fuente adicional de inflación y forzando al Gobierno a financiarse con impuestos o con deuda pública.

La alta inflación nublaba la información del sistema económico y conducía a malas decisiones de ahorro, inversión y consumo y, por lo tanto, a un menor crecimiento del potencial.  Daba lugar a tasas de interés reales muy altas, porque no se conocía cuál iba a ser el valor del dinero hacia futuro; aislaba además la economía nacional de la inversión extranjera y proyectaba acertadamente que las autoridades económicas colombianas no eran serias.

El Emisor procedió a desindexar los precios fundamentales de la economía y ha logrado que la inflación colombiana sea similar a la internacional, algo que paradójicamente ha impedido que se revalúe todavía más la tasa de cambio (compárese con Venezuela y Argentina, donde la inflación le muerde la cola a la devaluación).

La inflación más baja ha contribuido de alguna manera a la paz social, pues los salarios reales aumentaron durante toda la senda descendente de los precios al consumidor entre 1997 y 2006 que logró el Banco de la República y no volvieron a verse paros nacionales reivindicando la recuperación de los ingresos reales de los trabajadores. Hoy en día casi nadie dice que se necesita inflación para impulsar un alto crecimiento económico, como solían afirmar los estructuralistas, y hemos visto años con resultados económicos muy buenos, tanto en baja inflación como en alto crecimiento.

El impacto que tuvo la baja inflación y la deuda pública fue el de profundizar el mercado interno de capitales y, en particular, el de bonos. Una vez dada la tasa de interés del activo más seguro, que es el que emite el Gobierno, se pudieron calcular los riesgos inherentes a empresas privadas, a empresas públicas y administraciones municipales. Hoy en día, ese mercado es muy importante:  financia más de la mitad de la deuda pública (en pesos y sin riesgo cambiario) y apalanca la inversión privada.

La revaluación del peso surgió de los hallazgos de petróleo de los noventa y del modelo minero a ultranza del siglo XXI. El gobierno habría podido contrarrestarla si hubiera ahorrado parte de los ingresos por la exportación de recursos naturales, elevándoles impuestos y regalías y con una política tributaria progresiva, como lo demuestran Australia, Noruega y Chile. Pero lo que hace el gobierno es responsabilizar al Emisor de la revaluación y  así se exonera de la mala calidad de sus políticas macroeconómicas.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Salomón Kalmanovitz