La indignación virtuosa

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Muchos jóvenes de hoy son conscientes de pertenecer a distintas generaciones: por un lado, están los millennials, que llegaron en las últimas décadas del siglo (del milenio), y por el otro, los de la generación Z, que vinieron después. Me dicen mis hijos que si bien son dos generaciones distintas se parecen mucho. David Brooks, en un artículo publicado esta semana en The Atlantic, sostiene que lo que realmente caracteriza a estos jóvenes es un moralismo (el constante empeño por denunciar lo que está mal) acompañado de indignación. Los llamados baby boomers, o generación de la posguerra, también eran moralistas y también se indignaban (contra la autoridad, desde la paterna hasta la estatal), pero la indignación de los jóvenes de hoy es distinta: es menos libertaria (más justiciera), se dirige más contra todas las élites y tiene más rabia que ideas para cambiar el estado de cosas actual (los adultos, para ser justos, tampoco las tienen).

Tal vez esa actitud se relacione con la manera como los millennials y la generación Z se informan, se expresan y conversan. Son las generaciones del internet, del aumento exponencial de la información y de las redes sociales. Los que pertenecemos a generaciones anteriores no solo teníamos menos información disponible, sino que nos demorábamos más en encontrarla y lo hacíamos de manera más individual y más solitaria. Los jóvenes de hoy, en cambio, lo tienen todo en su celular, o casi todo, comparten la información con miles, millones de personas y la interpretan de manera más colectiva y más emocional.

No es que yo prefiera el mundo de antes, cuando todo era más lento y la información era más limitada. Pero creo que el mundo actual tiene sus riesgos. Señalo solamente dos. El primero es la “ilusión de conocimiento”: en internet no siempre es fácil diferenciar lo que es cierto de lo que parece cierto y por eso los jóvenes (también los adultos) se contentan con la apariencia del saber que, como decía Stephen Hawking, es la gran enemiga del conocimiento. Lo segundo es que la información, en buena medida, está disponible en redes sociales que tienen un alto voltaje emocional; allí la gente se agrupa, se pone etiquetas y se sintoniza con los indignados de su tipo.

Yo comparto buena parte del malestar, incluso de la indignación, que sienten los jóvenes de hoy. Pero me asalta la siguiente preocupación: para lograr cambios sociales se necesitan emociones e ideas. Ambas cosas son necesarias. Pero vivimos en una sociedad compleja en la que es difícil tener ideas claras. No es que sea imposible, solo que hay que leer y estudiar con empeño para lograrlo. Muchos jóvenes subestiman esa dificultad y la compensan con una sobredosis de indignación. Pero esa no es una buena estrategia. La indignación virtuosa es tan facilista como paralizante: produce una agradable sensación de superioridad moral (gracias a un chorrito de dopamina en el cerebro) que poco ayuda a conseguir los propósitos de cambio que motivan la indignación. Es una indignación necesaria pero insuficiente; le falta conocimiento, que requiere tiempo y dedicación. Pero las nuevas generaciones son demasiado impacientes, en parte porque son jóvenes y esa es su naturaleza, y en parte porque viven en el tiempo instantáneo de las redes.

Si los jóvenes indignados de hoy me permiten un consejo de adulto de generación vieja, yo les diría que traten de moderar su indignación virtuosa con una actitud de sospecha-indagadora frente a todo, empezando por sus propias convicciones: allí está la fuente del conocimiento. Lo que propongo es algo así como un “enfado ilustrado”: algo que combine el derecho a exigir con el deber de conocer.

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