Por: María Antonieta Solórzano

La infidelidad: oportunidad o final

Solemos interpretar el precepto religioso según el cual lo que Dios ha unido en el cielo no lo separa el hombre en la tierra, como una indicación clara de que el matrimonio católico debe durar hasta la muerte de uno los cónyuges. Esto sin que importe de manera significativa la clase de convivencia que lleven.

En este orden de ideas, la infidelidad no puede ser entendida como la evidencia de que el vínculo estable está perdiendo o ya perdió la posibilidad de dar apoyo a la mutua vulnerabilidad. Así, aunque el amor se esté deteriorando, la infidelidad sólo se mira como una amenaza a los derechos que el cónyuge engañado tiene sobre el traidor.
 
Al parecer, el amor, que da el carácter de sagrado al vínculo de pareja, no es lo que en nuestra sociedad da sentido a la convivencia: son más bien los derechos patrimoniales adquiridos al institucionalizar la pareja. Dicho sea de paso, en el mundo católico esto sólo ocurrió en los comienzos de la Edad Media.
 
Una mujer que era la novia de un hombre casado recibió una carta desobligante de parte de la esposa, quien estaba comprensiblemente adolorida. Este acto la autorizó a explicarse frente a la esposa engañada. Estas son sus palabras:
 
“Siento desde lo más profundo de mi corazón que todos podemos sanarnos, asumir nuestros actos y caminar hacia nuevos espacios, unos que nos aporten un mayor nivel de conciencia frente a la propia historia.
 
Ofrecer para nosotros y para los otros un mejor futuro puede implicar romper unos vínculos y/o establecer otros, puede ser una oportunidad de rehacer el vínculo estable o de avanzar hacia uno nuevo diferente. En estos asuntos nadie le quita nada al otro. Somos seres dotados de libre albedrío, por tanto elegimos qué queremos de la vida y qué precios pagamos por ello”.
Los vínculos que se conservan se basan en el amor y el compromiso con la comprensión de la mutua vulnerabilidad. De ninguna manera sobreviven, para bien, aquellos en los que el miedo o el deber ser institucional reinan.
 
El sentimiento de culpa que convierte a la persona en indigna, tanto como la obediencia que limita su autonomía, se encargan de separar en la tierra lo que el amor, como expresión de lo sagrado, ha unido.
 
La presencia de un tercero en la vida de una pareja tiene dos caminos: es final cuando la relación perdió el carácter sagrado de la intimidad de pareja, y es oportunidad cuando ayuda a la reconstrucción de la empatía entre los cónyuges. Esto sucede si ellos se permiten desnudar sus corazones y disponer el alma para reconocerse como seres vulnerables e imperfectos.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Antonieta Solórzano

Me declaro “culpable”, honro el feminismo

¿Compromiso o evasión…qué pasa con el otro?