La inflación pánica

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Las nuevas marchas, con sus muertos baleados, tienen al país a mil. Luego del letargo viral, volvió la puja por el poder. Unos quieren resarcirse llegando a algo de ese poder. Otros pujan por acaparar los resquicios del mismo. La lógica es de guerra y azufre.

Hay una diferencia con lo que ocurría hace medio siglo, cuando los golpes militares teñían de rojo el continente. La protesta de los de abajo se resolvía tajantemente, tan pronto los de arriba trepaban a los uniformados a los palacios gubernamentales. El mundo reclamaba: ¡acabaron con la democracia! Al rato, las potencias se aliaban con los nuevos mandatarios de quepis, bigote y gafas negras.

Hoy no es así. Hoy todo se hace con apego a la democracia. Elecciones manoseadas, ternas con un candidato garantizado a las dignidades de control principales, alianzas de mermelada con los partidos políticos esquivos, compra o desaparición solapada de testigos. Cada paso se ajusta a la Constitución y al derecho.

Los militares fabrican su inteligencia a escondidas, chuzan teléfonos para parametrar a los indeseables, reciben ayuda desde Palacio para clasificar a quienes están a favor y en contra. Cuando se alborota la chusma callejera, los civiles de verde, bastón y taser ponen a trotar a sus aliados de negro para demostrar quién es el verdadero amo del espacio y del público.

En estos días se han agregado nuevos elementos. Desde la prisión, el presidente eterno pide sacar tropas con sus tanques a las ciudades. Luego trina la siguiente estadística, seguida de una orden: “Colombia tendría 10.000 criminales organizados en armas según fuentes serias, otros hablan de 17.000… Urgen medidas extraordinarias”.

La lógica es de cuartel. El hecho de que las “fuentes serias” den una cifra significa que esos “otros” que la inflan hasta 17 no son serios. Si no son serios, ¿para qué citarlos? Elemental: el tuitero escribe no con la realidad sino con el deseo. 10.000 criminales le parecen muchos, pero preferiría que fueran 17.000.

El primer guarismo, cuya fuente seria se deja en el misterio, sirve para crear la imagen de que las ciudades, ya no los campos, están plagadas de asesinos. El segundo siembra la inflación pánica de estos forajidos. Se nota que el mandatario que manda necesita de la guerra, como del aire para respirar.

La urgencia de medidas extraordinarias está así justificada, y todo dentro de los cánones de la democracia. ¿A qué se referirán esas medidas? Evidentemente a la función, también pánica, de los cuerpos armados. Es lo que haría falta para controlar la última institución del Estado, la de la fuerza, con la facilidad que brinda el estado de conmoción interior.

El supremo y genuino jefe del Estado entiende la velocidad con que debe proceder. No le preocupa su propia prisión porque para eso tiene abogados y abogánsters. Las elecciones de 2022 se vinieron encima, es preciso asegurar las riendas del potro callejero, afilar espuelas, obligarlo a bajar la cerviz. Le urge dominar el látigo sin que se le noten el quepis y las gafas negras.

arturoguerreror@gmail.com

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