Por: Catalina Uribe

¿La inocencia de la niñez?

Una vez más los niños se convienen en tema de debate nacional. La discusión sobre la adopción por parte de parejas del mismo sexo nos ha hecho volver sobre los derechos de estos seres inocentes.

Por un lado, se alude a la psicología infantil y, por el otro, al ambiente propicio para el desarrollo de los infantes. Nuestro discurso pinta a los niños en un estado de pureza que tenemos que proteger de una sociedad degenerada y corrupta. Pero ¿ha sido siempre este el caso?

Aunque suene raro, el concepto de inocencia en la niñez es bastante nuevo. Antes del siglo XVIII se creía que los niños nacían en pecado y lentamente iban adquiriendo su pureza moral. El cambio de imaginario se da por razones demográficas y religiosas. Durante el siglo XVIII la mortalidad infantil decae significativamente, haciendo que los padres creen un sentimiento más fuerte y mayores expectativas para el recién nacido. Además, la proliferación del protestantismo cambió la idea del pecado original de quienes nacen en la tierra e introdujo su inocencia.

La imagen de la niñez se ha convertido en una obsesión para la sociedad occidental contemporánea. La idea de defender “al inocente niño” es promulgada a través de fotografías y textos que se convierten en herramienta política. Pero esto no es nuevo; en el siglo XX, EE.UU., los nazis y la Unión Soviética iniciaron una pelea publicitaria para convencer a sus habitantes de que su modelo de sociedad era el mejor para proteger adecuadamente la inocencia de la niñez.

Con esto no estoy diciendo que no haya que cuidar de los niños. Es nuestro propósito crear una forma de vida que proteja más a los más débiles, incluidos los menores. Sin embargo, recordar que es un constructo ayuda a que no perdamos el foco: una cosa es protegerlos y otra mercantilizarlos. Pues lo cierto es que cuando la palabra “niño” entra en el discurso político rara vez es para anunciar más escuelas, más salud, más comida, sino para proteger en abstracto su alegada inocencia.

 

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