Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

La (insaciable) sed del ojo

El policía se llama Madeleine y es un moralista inflexible. Defiende la moral pública, pero  en secreto se regodea con la obscenidad de las fotos y los daguerrotipos que decomisa. Su investigación empieza con letargo y concluye en un fascinante clímax erótico. Si no fuera por él, nada se sabría y la novela (quizás) no existiría.

Auguste Belloc es el fotógrafo. Un artista, no un artesano. Autor de libros sobre procedimientos fotográficos, se dedica al retrato y al desnudo. En 1857 padeció el acoso de la Justicia. No fue a prisión por falta de pruebas. Pagó una multa de 100 francos. Y tuvo que comprometerse, “bajo juramento escrito, a no perturbar la tranquilidad de las gentes”.

“Chaussende es un vidente obsesivo”. Es médico tocólogo, lo que hoy llaman ginecólogo. Un diletante. Discurre sobre arte, música, filosofía. Experto en desnudeces femeninas, desde la Eva de Durero, hasta las vaginas que en primeros planos retrata Belloc con su mirada poética, aún no sesgada o martirizada por el morbo de la pornografía venidera.

Hay una mujer, la señorita Pirraux. Es prostituta para caballeros de la alta sociedad, con un remoto parecido a Odette de Crécy, la cocotte y posterior esposa de Swann, en En busca del tiempo perdido, del inefable Marcel Proust, Lecram de nuestros corazones. El policía Madeleine y mademoiselle Pirraux se enredan en palabras, voyerismos, toqueteos y éxtasis estremecedores, pues ella es una de las anónimas modelos de Belloc.

Así eran las cosas en este París, de mediados del siglo XIX, reinventado por Pablo Montoya en La sed del ojo, reeditada por Literatura Random House en un libro de 240 páginas y 44 fotografías eróticas de la época, no aptas para pacientes cardiovasculares, millennials impasibles o sacristanes pederastas. Es una lectura que va de la delicia a la insubordinación. Desde 2004, fecha de la primera aparición de la novela, el estilo de Pablo se ha mantenido erudito, fino y elástico, inalcanzable para lectores perezosos o adocenados, los dioses del Olimpo dispensen mi arrogancia. Leer a Pablo Montoya es menos farragoso que leer a William Ospina y más placentero, muchísimo más, que ojear los poemas de Alvarado Tenorio.

La pornografía busca “perturbar la tranquilidad de las gentes”, como bien lo supo Belloc, hombrecito de carne y hueso atribulado por el desdén y la hipocresía de los burgueses. Tranquilidad igual a tradición, familia y propiedad. Sin catolicismo no habría porno. Ciertos católicos, a lo sacristán Alejandro Ordóñez, sólo sueñan con reprimir, censurar, prohibir, castigar, quemar libros y brujas. Y la sed del ojo los turba, conturba, disturba, perturba y masturba sin piedad. Otra vez, ¡vítores y aplausos para Pablo Montoya!

Rabito: “Pero están los llamados ciudadanos de bien. Para ellos, si supieran lo que hago, merezco todo el repudio y, acaso, la guillotina. Pero cómo y en dónde discutir su rechazo si una parte de mis fotos, quizás las más acerbas, están destinadas a ellos. Hechas exclusivamente para provocar su emoción ante el visor de las estereoscópicas. Los imagino, solitarios en las habitaciones, sin poder controlar su deseo. Incapaces de transformarlo en una mirada contemplativa. Ansiosos sólo por envilecerse en la práctica del placer solitario, ese vicio de la burguesía. El que más se combate. El que se cultiva con oculto esmero. Y ante el cual no hay discusión válida sobre un desnudo sublime”. Pablo Montoya. La sed del ojo, Literatura Random House, febrero de 2019.

@EstebanCarlosM

 

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