La insensatez humana

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Será de pronto porque fui migrante una vez y llegué con mi hija muy pequeña al otro lado del mundo y sentí lo que no había sentido: que mi piel mestiza, mi nariz ancha y mis cabellos ondulados jugaban en mi contra. Será por eso, digo, que me cuesta entender por qué los seres humanos nos obstinamos en odiar y temer a los distintos o a los que vienen de otros lugares. Sentí la discriminación en carne propia. Por eso desde entonces entiendo la difícil condición del migrante y de quienes aun sin serlo viven en las orillas de las sociedades, discriminados, maltratados, segregados. En Colombia son los negros, los indígenas, los pobres, los desmovilizados o los venezolanos, que tienen prohibido caminar por algunos lugares porque aquí el espacio público es de quien puede poner una valla.

Estamos en pandemia y cuando nos encerraron tuve la ilusión de que este golpe de realidad nos iba a ayudar a entender que vamos juntos en el camino porque de una pandemia no se sale solo, la única manera es trabajar juntos porque es tu vecino el que te salva o el que te contagia. Sin embargo, no veo las luces del humanismo iluminando el mundo. Persistimos en el egoísmo, la xenofobia, la discriminación, el terrorismo, la desconfianza. Veo líderes perdidos y ciudadanos que siguen creyendo en el “sálvese quien pueda”, una de las máximas fundamentales de la insensatez humana. También hay gestos de solidaridad que nos engrandecen a todos, pero el pesimismo camina cuando las noticias hablan de terrorismo en el mundo, cuando no todos los muertos importan, cuando seguimos viendo el peligro en “el Otro”. Es más fácil poner en los demás la raíz de los males porque así tenemos a quien culpar y no nos toca ver por dentro los problemas de fondo que tenemos.

Han pasado más de 30 años desde un día que recuerdo con nitidez como si fuera hoy: salía con mi hija de dos años de un apartamento de 20 metros cuadrados ubicado en los suburbios de una gran ciudad europea a donde había llegado un par de semanas antes y encontré un gran cerro de basura en mi puerta. Como acababa de llegar no entendía muy bien qué pasaba. Cuando pude despejar el camino y salir a hacer las compras, a lado y lado de la calle jóvenes blancos con las cabezas rapadas nos gritaron mensajes que no entendía porque no hablaba el idioma pero que reflejaban odio y desprecio. Supe después que no era una zona de muchos migrantes y que nuestra llegada había alterado al vecindario, en donde tenían asiento grupos políticos extremos. Mi plan era estudiar y quedarme un par de años. Solo me quedé poco más de cinco meses y regresé a este país en donde no me siento extraña, aunque aquí otros padecen la discriminación y el miedo que allá sentí.

Este episodio se me ha venido a la memoria en los últimos días. Lo recuerdo cuando escucho los mensajes de odio contra los venezolanos, cuando usan el origen de un contradictor para insultar y lo “invitan” a irse. Lo recuerdo cuando informo sobre un profesor decapitado en Francia y una serie de atentados en Viena. Pienso en la atrocidad de esos hechos y en los que vienen porque la respuesta al odio extremista es más segregación que alimentará más odio en un círculo vicioso que no para: la insensatez humana. Pienso en lo fácil que es estigmatizar: tú eres delincuente porque eres colombiano, tú eres peligroso porque vienes de otro lugar, tú eres terrorista porque reclamas tus derechos en la calle, tú eres un peligro por el dios en el que crees o porque no crees. Tú no eres como yo, tú eres malo, tú no mereces estar, no mereces ser, no mereces existir. Como eres una amenaza, está bien si te matan, si te agreden, eres un buen muerto, un buen deportado. En algún momento, sueño yo, tenemos que dejar de etiquetar a los seres humanos para justificar la violencia contra ellos, contra nosotros. ¿Será que en algún momento la humanidad encuentra la sensatez?

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