Por: Piedad Bonnett

La interminable empresa de Diderot

Para fortuna de la humanidad siempre ha habido quien conciba empresas delirantes, proyectos que a veces jalonan la historia y otras veces terminan en estruendosas derrotas.

Uno de estos proyectos descomunales fue la Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, que emprendió Denis Diderot, el filósofo y pensador francés, una de las mentes más brillantes de la Ilustración, cuyo nacimiento, ocurrido hace exactamente 300 años, estamos celebrando.

La idea de una enciclopedia, que no es otra que la de clasificar sistemáticamente el universo o ciertos aspectos de él en un libro, pareciera un sueño desmesurado. Y lo es. “No hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural”, afirma Borges, un apasionado de este tema, quien trae a colación en uno de sus ensayos una enciclopedia china mencionada por Franz Kuhn, en cuyas páginas los animales se dividen en a) embalsamados b) amaestrados c) lechones d) sirenas e) fabulosos f) perros sueltos g) incluidos en esta clasificación h) que se agitan como locos, i) innumerables j) dibujados por un pincel finísimo de pelo de camello k) etcétera l) que acaban de romper el jarrón m) que de lejos parecen moscas.

Sin embargo, el deseo de definirlo y clasificarlo todo existe desde que el hombre empieza a valorar el saber: enciclopedias podrían ser consideradas también la Historia natural de Plinio el Viejo o las Etimologías de San Isidoro o el Diccionario histórico y crítico, un tratado lleno de erudición e ideas consideradas peligrosas para la época, escrito por Pierre Bayle, un librepensador y escéptico francés que fue determinante en las ideas de la Ilustración.

La Enciclopedia dirigida por Diderot, y en la que colaboraron personalidades como Rousseau, Montesquieu, D’Alambert y Voltaire, que llegó a tener 27 volúmenes, 18.000 páginas y 72.000 artículos, además de numerosos grabados y láminas, y que contó con un equipo de 160 personas entre literatos, hombres de ciencia, artistas y filósofos, se propuso, a diferencia de cualquier intento anterior, aproximarse al mundo y a sus verdades desde un punto de vista científico, y romper con todo lo que fuera creencia religiosa o superstición metafísica. Su meta fue inventariar todo lo conocido pero pisoteando la carga de la tradición, algo que no podemos dejar de agradecerle.

Por supuesto, la Enciclopedia, que atacaba también el poder de los clérigos y la monarquía, levantó toda clase de ronchas y terminó por ser sometida a la censura, incluso por parte del editor que se la encargó, André Le Breton, que se asustó de pensar que su proyecto fuera definitivamente interrumpido por la godarria de la época. Pero el hecho es que, desde entonces, los mortales tenemos una fe nueva e indestructible: la de que cualquier cosa del universo está descrita en alguna parte. Que ahora ese lugar se llame Google es otra cosa.

El trabajo monumental de este maravilloso equipo de hombres puso de presente que en un tiempo no necesariamente infinito es posible clasificar, definir y describir todo lo que existe en el Universo; pero también otras cosas: que muchos saberes son provisorios, porque unas verdades desalojan a otras; que hay misterios del universo que ninguna enciclopedia puede dilucidar y que la presentación del saber puede estar cargada de ideología. Aun así, estamos profundamente agradecidos con ellos, y con el irónico, crítico y lapidario Diderot. Sus ideas hicieron posible la Revolución francesa y su utópico proyecto sigue vigente, creciendo y multiplicándose. En la Enciclopedia Británica, por ejemplo. Cuando leo Wikipedia, que encierra otro sueño, el de que el saber lo construyamos entre todos, no puedo menos que sentir nostalgia por las épocas en que hubo esas logias de devotos del conocimiento. Más aún cuando desde mi biblioteca me miran, silenciosos, los 12 tomos de mi enciclopedia, que ya casi no abro.

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