La inutilidad de lo útil

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Por Luis H. Barreto

En respuesta al editorial del 20 de febrero de 2020, titulado “El debate sobre la ‘utilidad de lo inútil’”.

Hoy el mundo es testigo de los efectos devastadores del cambio climático sobre el medio ambiente, los bosques y la fauna principalmente. Su efecto depredador avanza lenta pero inexorablemente sobre los seres humanos.

La acumulación desmedida de riqueza material, asociada a la intensa explotación de fuentes energéticas no renovables, ha ocasionado la destrucción de la capa de ozono, razón que explica el calentamiento global.

Desde la primera revolución industrial hasta la actual revolución digital de internet, el progreso científico de la humanidad ha estado subordinado a la dictadura del beneficio. Esta es la verdadera inutilidad de lo útil.

En este contexto, ¿para qué queremos, señora vicepresidenta, más mujeres científicas, matemáticas y tecnólogas, y menos psicólogas y sociólogas? ¿Para acelerar la destrucción del planeta o porque el Estado tiene un proyecto de país alrededor de tecnologías limpias? Es lamentable que quienes dirigen los destinos de este país no tengan claro lo uno ni lo otro, habida cuenta de que el énfasis de la vice fue la equidad de género per se.

Si bien es importante abrir el debate sobre la “utilidad de lo inútil”, este debería ser la consecuencia o el resultado de una discusión más profunda sobre el Estado, la economía y la sociedad que tenemos frente al Estado, la economía y la sociedad que los colombianos queremos. Esta última tendría que reconducir la pertinencia de la educación superior.

Hoy por hoy, nuestra dirigencia insiste en intensificar el modelo económico extractivista (fracking), mientras el Acuerdo de París fijó un compromiso a las principales petroleras del mundo para recortar drásticamente su producción de crudo y así lograr reducir sus emisiones de CO2 para 2040.

Las consecuencias de no diversificar nuestra economía son un estrecho mercado laboral, la enorme informalidad y la persistencia del desempleo de dos dígitos. Ello, desde luego, impide una adecuada convivencia y la conflictividad social siempre estará en el orden del día. Colombia es un país conflictivo por donde se le mire y el Estado solo atina a maximizar el sistema de justicia, pero con deplorables resultados: la impunidad supera el 95 %.

Esta es la razón que explica por qué en Colombia hay 355 abogados por cada 100.000 habitantes y cerca de 100 facultades de derecho, cifras que sobrepasan a la mayoría de países en el mundo. Francia cuenta con 77 abogados por cada 100.000 habitantes y en Alemania hay solo 22 facultades de derecho para una población de 82 millones de habitantes. Si no tuviésemos la conflictividad social que hoy nos abruma, en Colombia deberían existir tan solo 13 facultades de derecho.

En la psicología, la sociología, la filosofía, la antropología, la historia, la ciencia política, el trabajo social, entre muchas otras carreras de formación humanística, está la salvación del planeta y de nuestro país. En general, estas áreas del conocimiento no están reclutadas por la dictadura del beneficio, lo que nos ofrece una esperanza de continuar fortaleciendo nuestra democracia a través de la generación de ciudadanos reflexivos, críticos, conscientes, solidarios y comprometidos. Si queremos que la sociedad se convierta en más humana, necesitamos estos saberes “inútiles”, como diría Nuccio Ordine.

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