Por: Sergio Otálora Montenegro

La inutilidad (relativa) del periodismo

En Colombia, ¿para qué sirven el periodismo y los periodistas? “Desde el punto de vista del periodismo, las denuncias de la parapolítica fueron un éxito sin precedentes.(…)¿Pero qué cambió realmente?”, se pregunta Juanita León, directora del portal La Silla Vacía.

Cuando estaba metido en la candela del periodismo de investigación, Germán Castro Caycedo solía decir que los reporteros narraban o denunciaban irregularidades, pero no estaban llamados a resolverlas. Para eso estaban los funcionarios, los políticos, el Congreso, los partidos, la sociedad civil. En los años setenta y ochenta, las unidades investigativas de los diarios, el programa de televisión Enviado Especial (que dirigía Castro Caycedo), la revista Alternativa, para citar los casos más sobresalientes, sacaron a la luz pública la corrupción oficial, las maromas fraudulentas de los grandes pulpos financieros, los famosos roscogramas del poder regional, el ascenso del militarismo, las torturas y los asesinatos selectivos, los diversos atentados ecológicos, la presencia cada vez más ominosa del narcotráfico en todos los ámbitos de la vida nacional. En ese entonces, se publicaban informes semanales y columnas de opinión beligerantes,  se daban  debates parlamentarios, se presentaba alguna renuncia, alguien iba a templar a la cárcel (rara vez), pero, en general, podría repetirse la pregunta: ¿qué cambió realmente?


Nada. La prueba reina: el proceso 8.000 que, en síntesis, significó la división profunda de la clase dirigente,  el protagonismo insólito de los organismos de control y una competencia inédita, entre medios de comunicación, para conseguir  testimonios espectaculares y filtraciones de los procesos judiciales. A pesar de la sanción moral y de las consecuencias legales de la presencia  documentada de los dineros  calientes en la campaña de Ernesto Samper Pizano, a fin de cuentas no hubo  efectos políticos de gran calado. Los diarios, las revistas, la televisión y la radio ganaron en prestigio, se exhibieron pruebas, se publicaron confesiones y se armaron debates en todos los tonos y colores. El ego periodístico y su hermana gemela, la vanidad, estaban en su nivel más alto. 


De nuevo la pregunta: ¿qué cambió realmente? Nada. Sobre todo cuando, una vez más, vino el escándalo, esta vez a múltiples bandas: parapolítica, chuzadas a diestra y siniestra, sobornos para aceitar la reelección, desvío de dineros oficiales, corrupción a gran escala, poder regional tomado por el narcotráfico y los grupos al margen de la ley. Igual, como antes, los medios  desentrañaron grabaciones comprometedoras, el congreso fue escenario de grandes debates, hubo implicados de alto nivel en la cárcel, aunque escasos juzgamientos y muy pocas condenas. Y nada: las próximas elecciones del 30 de octubre están ya  marcadas por la influencia de la ilegalidad y el espectro del fraude electoral, a pesar de los titulares, las denuncias sistemáticas,  los  informes alarmantes y las declaraciones oficiales.


Al final, la pregunta de si algo cambió o no por la tarea fiscalizadora del periodismo, de pronto lleva implícitos voluntarismo y cierta actitud mesiánica. El desfase es evidente: la llamada “gran prensa”( y ahora los portales en internet),  denuncian con limitada libertad, pero el Congreso está dominado por la coalición de gobierno (como siempre), por lo tanto hay poco margen  para el control político efectivo.  Los reporteros regionales,  los que se juegan la vida en cada reportaje o información de denuncia en las zonas de guerra, son la muestra de la gran paradoja: para ellos la libertad de expresión está determinada por la “paciencia” del que aprieta el gatillo.  El asunto es de fondo: el periodismo colombiano es reflejo perfecto de aquel orangután con sacoleva del que hablara Darío Echandía para caracterizar nuestra democracia de utilería, en la que, en el presente,  por la tecnología, por la globalización, por la presión internacional, existe cierto espacio para ventilar nuestras miserias, para el protagonismo de los periodistas … siempre y cuando, en suma, no pase nada.

 

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