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hace 1 hora
Por: Santiago Montenegro

La invención de la naturaleza

Además de compartir en familia y visitar mi tierra, una de las gratificaciones de los pasados días de fiesta fue haber leído la biografía de Alexander von Humboldt (La Invención de la naturaleza, Taurus 2016), en la que Andrea Wulf nos cuenta y explica la vida y la época de este personaje extraordinario, de quien en 2019 se conmemoraron 250 años de su natalicio.  

Esta biografía es particularmente interesante porque, como los grandes libros, tiene varias lecturas.  En primer lugar, nos ilustra sobre la biografía de Alexander von Humboldt, su entorno familiar, su carácter, sus amigos, su rebeldía a los códigos familiares y sociales, su vida sentimental, su increíble afán por entender la naturaleza, sus viajes, sus descubrimientos, sus hipótesis o sus tempranas advertencias de las consecuencias de la deforestación y sus efectos sobre el cambio climático.  Fue tan extraordinaria su labor científica que, cuando regresó a Europa en 1804, después de su viaje de cinco años por América, incorporó 2.000 especies nuevas de plantas y animales a las 6.000 que hasta entonces se conocían en el mundo.  

Fue un genio, no solo por sus aportes científicos, sino también por el lenguaje y por los gráficos con los cuales ilustró sus descubrimientos, lo que explica su notable influencia en muchos de los grandes científicos e intelectuales, como Charles Darwin, Henry Thoreau, George Perkins Marsh, Ernst Haeckel, John Muir o su gran amigo, Johann Wolfang von Goethe. 

La segunda es la lectura política del libro.  En una época en que la primó el absolutismo en Europa continental y, en particular, en Prusia y en los otros estados germánicos, Alexander von Humboldt y su hermano Wilhelm fueron liberales.  Alexander criticó duramente el colonialismo español e inglés, se opuso a la esclavitud en los Estados Unidos y fue un defensor de la diversidad de opinión y de la prensa libre.  Pero era tan grande su prestigio, que los reyes prusianos se tenían que tragar el liberalismo de Humboldt y lo mismo tuvo que hacer Napoleón, quien llegó a expedir un decreto de expulsión, que luego revocó (Alexander vivió 20 años en París).  Asimismo, el libro resalta la relación de Humboldt con personajes como Simón Bolívar y Thomas Jefferson, con quienes, después de conocerlos personalmente, mantuvo correspondencia durante muchos años.  

La tercera lectura tiene que ver con la respuesta a la pregunta que parece hacerse Humboldt a lo largo de su vida sobre qué es el todo, el Cosmos, duda que está estrechamente relacionada con el sentido o el propósito de la vida humana.  La búsqueda de respuesta a esta pregunta, que ha preocupado a los filósofos desde hace milenios, ha girado entre el intelectualismo puro, mal definido como racionalismo, y la experiencia a través de nuestros sentidos; entre el mundo externo, “la cosa en sí”, y el mundo interno de nuestras percepciones.  Si bien su respuesta no es explícita, al igual que Kant, por quien sintió una profunda admiración, Humboldt se sitúa entre esas dos posiciones, con un énfasis creciente hacia un ego creativo, que impone sus leyes sobre la naturaleza, que inventa la naturaleza, que pondera la imaginación, los sentimientos, la rebeldía y la búsqueda constante de la libertad.  De esta forma, este magnífico libro también nos cuenta que Humboldt fue un gran romántico, quizá el más sabio y erudito de todos los románticos que han existido. 

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