Por: Gustavo Páez Escobar

La ira indígena

No es una ira momentánea la que en estos días ha estallado en Toribío, sino que viene de muchos, de muchísimos años atrás.

Para ser exactos, desde hace más de cinco siglos, cuando los españoles descubrieron las tierras de América y miraban a los indios no como personas sino como animales.

Desde entonces la raza indígena ha vivido humillada, privada de sus derechos humanos y sometida a toda clase de desprecios, trabajos oprobiosos, abandono, tortura y destrucción. A lo largo de los tiempos han surgido de su seno tres grandes líderes: la cacica Gaitana, que acaudilló un movimiento contra los españoles en los años 1539 y 1540; Quintín Lame, que en 1914 dirigió un movimiento indígena en el Cauca, y el sacerdote nasa Álvaro Ulcué (el primer sacerdote indígena en Colombia), que libró aguerridas acciones por la misma causa y murió asesinado en 1984.

La Constitución de 1991 dio un paso adelante en la protección de los indios y en el reconocimiento de sus derechos ciudadanos, sin lograr su completa rehabilitación, que consiste en el respeto de sus territorios y tradiciones, el usufructo de sus tierras, los beneficios de la salud y la educación y el amparo contra la pobreza y el hambre. Estas comunidades vienen desde hace mucho tiempo acosadas por las guerrillas, que no solo las despojan de sus tierras sino que se llevan a sus hombres, incluyendo los adolescentes, para incorporarlos a las filas de la subversión, y a las muchachas, para volverlas sus amantes e inducirlas a la prostitución.

Los indígenas viven en medio de dos frentes: por una parte está la guerrilla, que no los deja vivir en paz, y por la otra, el poder oficial, que por épocas les ofrece el cielo y la tierra y luego se desentiende de ellos. Hasta el próximo conflicto. De revuelta en revuelta se ha llegado a la estruendosa situación que se vive hoy en Toribío y otros municipios del Cauca. Y no solo allí, ya que el problema ha trascendido a toda la nación y ha puesto en aprietos al presidente Santos.

Esto de no querer hablar con él cuando fue a buscarlos con sus ministros a la zona de la violencia, lejos de poder interpretarse como un desaire, es la respuesta lógica a la falta de cumplimiento de la palabra oficial. Lo que los indígenas piden es paz, y trabajo, y tierras para sus cultivos, y salud, y educación. Esto no lo pueden conseguir en medio de los ataques guerrilleros a las poblaciones y del constante hostigamiento de que son objeto en los campos.

Parece que no hubiera pasado la época de explotación de los nativos en los tiempos feudales. Parece que ellos continuaran aún bajo el dominio de la burguesía, cuando eran esclavos del gamonal y el cura. Parece que no estuviéramos en pleno siglo XXI, sino en 1870, cuando surgió la casta política en la vida del país como el peor castigo de los indígenas, a quienes los poderosos de la época arrebataron sus mejores tierras, muchas veces en alianza con la Iglesia Católica.
En el 2004, el presidente Uribe, en otra revuelta parecida a la actual, viajó a la región y megáfono en mano trató de hablar con los indígenas. Pero estos no quisieron hablar con él, y le respondieron con rechiflas. Hace pocos días sucedió lo mismo con el presidente Santos, quien tuvo que resignarse a efectuar en recinto cerrado un consejo de ministros, y regresó a Bogotá como niño regañado. Qué pena, pero es que los indígenas dejaron de creer en la palabra del Gobierno. Están cansados de promesas.

En septiembre del 2004 se llevó a cabo una caminata de sesenta mil indígenas pertenecientes a varios departamentos del país, en completo orden y sin que ocurriera el menor disturbio en la travesía, hasta llegar a Cali. Ese fue un mensaje elocuente que lanzó la raza indígena para hacer ver su espíritu de paz y pedir al propio tiempo que se les tenga en cuenta como colombianos que son. No como indios, dicho esto en la expresión peyorativa.

Pero su voz se ha perdido en el vacío. La Constitución de 1991 fijó para ellos claros beneficios, que solo en parte se han otorgado. Falta lo esencial, y por eso vuelven a protestar. Ojalá ahora, cuando el problema se ha agravado con serios incidentes de orden público, se llegue a reales soluciones, lo que descarta las promesas efímeras. Que haya diálogo, pero para cumplirlo.

[email protected] 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Gustavo Páez Escobar