La irresponsabilidad de Pékerman

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Esta columna la escribo como hijo, hermano, esposo y padre de una mujer. Estoy indignado. En Colombia, siete de cada diez mujeres son víctimas de agresiones. Según cifras de Profamilia, en 2015 más de 900 mujeres fueron asesinadas en el país, mientras que de más de 47.000 casos de violencia de pareja en nuestra nación, el 86 % tuvo a una mujer como víctima. Las agresiones contra ellas no son exclusivas de los segmentos más pobres o vulnerables de Colombia. De hecho, la mayoría de casos de violencia de pareja se registran en Bogotá, Antioquia, Cundinamarca, Valle del Cauca y Santander.

A finales del año pasado, mientras disfrutaba del nacimiento de mi hija, también me retorcía del dolor y el asco por culpa del crimen de Yuliana a manos de un niñito bien de la sociedad capitalina. Como yo, el país se indignó provocando una rápida acción de las autoridades. La nación pidió justicia y recordó la necesidad de tomar medidas para evitar que las mujeres sigan siendo víctimas de la violencia colectiva de nuestro pueblo. Pero parece que rápidamente esos momentos de pudor ya se nos olvidaron, algo poco sorprendente en nuestra cultura mafiosa que celebramos todas las noches por televisión. Lo digo porque muchos salieron en defensa de la convocatoria de Pablo Armero a la selección de Colombia. No tardaron las voces en defensa del jugador que, según los reportes de la Policía de Miami, en mayo del año pasado agredió borracho a su esposa luego de que ella rechazara tener relaciones con él. Los documentos de las autoridades relatan cómo la mujer declaró que el futbolista le arrancó las extensiones de pelo y a empellones le cortó parte de su cabellera real. El escándalo fue tan grande que los otros visitantes del recinto llamaron a la Policía.

El incidente, que fue ampliamente reportado por la prensa del sur de la Florida, fue ignorado por el técnico Pékerman para su convocatoria a la selección. En conferencia de prensa dijo que nunca tuvo más información que la de los medios, haciéndose el de la vista gorda frente a los reportes que la policía hizo públicos.

Ya que Pékerman es el único responsable de haberlo llamado al equipo, entonces es el único culpable de este nuevo episodio del todo vale, el perdón utilitario y la revictimización de la esposa del jugador. El técnico es protagonista principal de una demostración más de la doble moral y falta de ética en un país que tiene niveles de violencia a la mujer sólo comparables con los lugares más violentos de África.

Pero no es la única vez en que el técnico argentino se hace el que no ve o el que no oye. Muchos han cuestionado la presencia de su yerno, el agente FIFA Pascual Lezcano, en las concentraciones del equipo nacional. No se explica cómo alguien con intereses económicos en algunos jugadores esté tan cerca del equipo y de quien los llama a jugar por los colores nacionales. Evidentemente, el seleccionador es consciente del teflón que lo acompaña para darse el lujo de salir intacto de acciones que a otros ya llevaron al ostracismo.

Probablemente, algunos de los que están leyendo esta columna se alistan para insultarme en las redes sociales. Acá algunas respuestas antes de que gasten su tiempo. Primero: esta columna no tiene nada que ver con lo que piense o no mi padre sobre el técnico de la selección. De hecho, se debe estar enterando de que escribí sobre el tema. Él opina de lo que quiere y yo también. Muchas veces no estamos de acuerdo, pero respetamos nuestras posturas. Dos: nací en Bogotá, por lo que no pertenezco a la llamada rosca paisa. Y tres: tampoco me interesa que Bolillo regrese a la selección.

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