Por: María Emma Wills

La izquierda, en deuda con la Constitución de 1991

¿QUÉ SIGNIFICÓ PARA LA REPRESENtación política y para los partidos la Constitución de 1991? ¿Están ellos hoy a la altura de esa Constitución? Esta es la pregunta que la izquierda debería estar haciéndose en esta coyuntura, tanto para resolver sus problemas internos como para acordar una estrategia frente a las elecciones de 2010.

En primer lugar, la Constitución encarna la apuesta histórica de diversas fuerzas, tradicionales como de izquierda, por una democracia ampliada. A diferencia del viejo régimen político producto de la Constitución de 1886, el nuevo puso el énfasis en una novedosa combinación de democracia participativa y representativa.

 Los partidos debían representar formulando programas, yendo a elecciones y debatiendo en el Congreso, mientras la ciudadanía se veía convocada a participar en distintas instancias institucionales. Ambos, partidos y ciudadanía, debían además actuar en un marco de respeto a los derechos fundamentales inspirados ya no sólo en la concepción de una ciudadanía uniforme, sino en una producto del reconocimiento de las diferencias sociales, étnicas, sexuales, raciales y de género.

 La esperanza encerrada en el nuevo pacto constitucional era que los colombianos aprendiéramos a convivir, debatir y hasta antagonizar usando la palabra y no las armas.

A pesar de las muchas críticas que el pacto de 1991 ha recibido, éste sí inspiró una serie de cambios de envergadura en la izquierda. Dejando las rencillas y caudillismos mezquinos de antaño, varias corrientes se reunieron con el propósito de constituirse en una tercera fuerza política, relevante tanto en el terreno programático como en el electoral.

Los frutos no se hicieron esperar. Varios de sus dirigentes fueron electos como alcaldes de ciudades importantes y la bancada del Polo en el Congreso ha logrado plantear debates de envergadura. Muchos electores premiaron estos esfuerzos con su voto.

¿Qué va a ocurrir con esos triunfos y con las rupturas históricas que representa la década de los noventa frente a los eventos que presagian las discusiones internas del Polo? ¿Será que estamos frente a la perspectiva de un retroceso histórico que tendría impacto no sólo sobre el propio partido, sino también sobre la democracia colombiana en general? Porque hay que recordarlo: en parte una izquierda que encierra la promesa de un crecimiento potencial en las urnas es el mejor antídoto a la tentación de las armas.

Así que el Polo no se está jugando sólo su propia suerte en estos días. Carga, así no siempre lo perciba, también una responsabilidad de más envergadura frente al fortalecimiento democrático de este país. Volver a los grupúsculos de antaño, con sus pequeños odios y dogmatismos, representa para muchos un retroceso que dejaría más de una esperanza rota. En este caso, sus bases y dirigencias no podrían achacarles la responsabilidad de la división a las viejas élites tradicionales, sino a su propia incapacidad de concertar.

La ciudadanía y los electores en general podemos entender que se produzcan fuertes discusiones en un partido. Nadie sueña ya con estructuras partidistas verticales donde unos pocos toman decisiones fundados en sus propios dogmas mientras otros juiciosamente obedecen. Pero que esas discusiones lleven a rompimientos cuando por otra parte el uribismo se fortalece, sí suena a miopía histórica.

Un partido, así muchos no lo crean, no sólo gana elecciones. Con sus propias actitudes envía mensajes y enseñanzas a la opinión pública, que luego se distancia o imita. ¿Cómo va a ser que un partido que promueve el diálogo y proclama el pluralismo como uno de sus principios rectores no sea capaz de dirimir sus propias diferencias internas? Su división sólo fortalecería a su gran opositor, el uribismo, que anda en pos de una tercera reelección.

 * CPOL, Uniandes.

 

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