Por: Juan Gabriel Vásquez

La izquierda en Latinoamérica

El periodismo tiene estas cosas. no habían pasado ni veinticuatro horas desde que Daniel Samper Pizano elogiara el buen talante con que Hugo Chávez había aceptado la derrota de su referendo monstruoso, cuando ya Chávez se quitaba las máscaras y volvía a ser lo que nunca ha dejado de ser: el chafarote de turno. Con la máscara puesta había dicho, en un apabullante ejercicio de lógica, que su derrota era una lección para los vencedores; y había hablado de victoria pírrica, sin duda pocas horas después de que uno de sus intelectuales le explicara qué quiere decir eso. Pero no le costó demasiado volver a ser él, y el miércoles por la noche se podía leer en todos los periódicos su conclusión brillante, en la cual ya no hay tonitos de buen perdedor ni mucho menos referencias a las batallas del mundo romano: "Fue una victoria de mierda".

Ése es nuestro Chávez de siempre: elemental, malhablado, autoritario, ramplón, megalómano. Su forma de entender la política es la de los matones de barrio, siempre mostrando los dientes, siempre gritando más fuerte. En resumen: el chafarote de turno. Porque la política latinoamericana nos tiene bien acostumbrados a estas figuras, de Juan Vicente Gómez a Augusto Pinochet: se engañan quienes piensan que Chávez, por el hecho de proclamarse socialista, es distinto de los fascistas latinoamericanos de este siglo. Ya en El País de Madrid decía un opositor que lo suyo no era izquierdismo, sino fascismo puro; y ni siquiera entraba a recordar que el principal aliado de Chávez es uno de los regímenes más reaccionarios del mundo: el totalitarismo islámico y antisemita de Ahmadinejad. En fin, hace poco Chávez amenazó en primera persona a los bancos españoles (“no me cuesta nada nacionalizarlos”, dijo), y no pude no pensar en el alcalde militar del cuento de García Márquez. Después de sacarle una muela, un dentista le pregunta a quién le pasa la cuenta, si al alcalde o al municipio, y el alcalde responde: “Es la misma vaina”.

Es la misma vaina. Así es: para Chávez, el patrimonio venezolano y el suyo propio son la misma vaina, o así se comporta. Hace una semana, en un programa de televisión, la presidenta de la Asamblea Nacional respondía a las críticas por la acumulación del poder económico de todo el país en manos del Presidente. ¿No es normal, decía, que en una casa el padre de familia quiera tener control sobre todo el dinero con el cual vela por la salud de los suyos? Sí, es normal: pero un país no es una casa, ni un Presidente es un padre de familia, y la declaración sólo da cuenta del caudillismo grotesco en que ha caído el régimen (a Stalin los suyos lo llamaban “papá Stalin”, sin ir más lejos). Esa confusión no se limita a lo económico: Chávez está realmente convencido de que el No a su referendo es producto de la intervención imperialista y la manipulación de los medios de la oligarquía. Ni se le pasa por la cabeza que son sus propios partidarios los que, mediante el silencio, se han pronunciado en contra de lo que se venía venir con la nueva constitución: un estado totalitario.

Para quienes queremos urgentemente la llegada de una izquierda civilizada a América Latina, los últimos años de Chávez han supuesto una de dos cosas: o bien lo peor que podía pasarle al continente, visto lo contagiosa que resulta su retórica populista cuando el medio de contagio es el dinero del petróleo; o bien lo mejor, porque semejante caricatura de dictador acabaría por aislarse, por alienar a sus socios más fieles y por provocar el surgimiento de una izquierda democrática. Si alguna buena noticia han traído los últimos años a Latinoamérica es esto, la llegada al poder de gobiernos de izquierda alejados del modelo estalinista. Por supuesto que dos siglos de violentas desigualdades sociales no se arreglan de un plumazo; pero Latinoamérica tiene que comprender que los caminos de la izquierda serán democráticos o no serán.

 

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