Por: Santiago Villa

La izquierda a pesar de Venezuela

Venezuela es un Estado totalitario. La construcción y realización de este régimen ha exigido de muchos de nosotros, los observadores estupefactos, indignados, desencantados, la modificación o confirmación de muchos supuestos. El proceso de digerir los últimos 20 años de historia venezolana ha sido más difícil para quienes hemos tenido alguna simpatía con las filosofías de izquierda. Es como si nosotros, hijos de un matrimonio que en nuestra adolescencia pensábamos feliz, descubriéramos un mal día que nuestra madre tenía un amante clandestino. 

Nos cuesta trabajo aceptar que la seducción del autoritarismo no es una debilidad exclusiva de la derecha por la historia misma de América Latina. Con la excepción de Cuba, en nuestro continente la izquierda fue durante décadas violentamente suprimida por gobiernos de derecha. La izquierda, por lo tanto, desde las prisiones y centros de tortura de Chile y Argentina hasta las selvas de Chiapas, se alzó como una reivindicación de la democracia. El M-19 se llamó así para denunciar el día en que al general Gustavo Rojas Pinilla le robaron las elecciones los partidos Liberal y Conservador. En otras palabras, cuando los ancestros de Germán Vargas Lleras, Andrés Pastrana y Paloma Valencia le robaron las elecciones al ancestro de Samuel Moreno.

La incorporación de la izquierda en los tarjetones electorales era un paso hacia la creación de una sociedad auténticamente democrática, y en la realización de sus gobiernos residía la promesa de una América Latina libre de las cadenas que la sumían en la desigualdad, la pobreza y la tiranía. La solución a los males de nuestras sociedades, pensábamos, eran gobiernos democráticos de izquierda.

Fue un acontecimiento casi mesiánico ver a la izquierda por fin triunfar en América Latina. Tras años de persecución en un país como Bolivia, por ejemplo, gobernaba alguien del mismo color que el 95 % de la población. Ha sido una fría dosis de realismo, o de realismo visceral, atestiguar la traición de sus promesas, el defraude a sus electores, la persecución a opositores, el corrupto saqueo de las arcas del Estado y el minar las bases de las constituciones y de la separación de poderes. ¿Acaso no era ese el vicio propio de los gobiernos de derecha? ¿O es que, después de todas esas décadas de marginación, una vez en el poder la izquierda estaba condenada a repetir, como si se tratara de la genealogía maldita de un abusador, el pecado del padre?

Parece ahora preferible abandonar las banderas de la economía y llevar la lucha política hacia campos menos minados:  la protección del medioambiente, la igualdad de géneros, la diversidad sexual y los derechos de quienes la practican, la legalización de las drogas. Dejar la reforma socioeconómica para otro siglo y olvidarse de algo tan peligroso como las estructuras que perpetúan la desigualdad. Al menos no promover ningún cambio radical, expresión cínicamente secuestrada en Colombia por un partido político que pretende todo menos eso, un cambio radical. 

El historiador Eric Hobsbawm, en su autobiografía, recuerda una obra de teatro escrita durante los años 80 por un dramaturgo de Alemania Oriental, titulada Los caballeros de la mesa redonda. ¿Cuál era el futuro de los caballeros andantes?, se preguntaba Lanzarote, mientras fuera del teatro caía el Muro y el Partido Comunista se derrumbaba sobre un lodazal de ineptitud, crueldad y corrupción. “Allá afuera la gente no quiere saber nada más sobre el Santo Grial y la mesa redonda. Ya no creen en nuestra justicia y en nuestro sueño. Para la gente, los caballeros de la mesa redonda son una colección de tontos, idiotas y criminales. No puedo decir si yo sigo creyendo o no en el sueño”.

Quizás, como dijo el año pasado Martín Caparrós en una columna del New York Times en español, el problema sea que otros secuestraron el discurso de la izquierda para efectuar políticas que no eran de izquierda. Eran impostores. Oportunistas. Que la legítima izquierda aún está por llegar, como la tierra prometida. Como el Santo Grial.

Twitter: @santiagovillach 

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