Por: Salomón Kalmanovitz

La jornada de trabajo

La jornada de trabajo en Colombia es anómala. Por un decreto de Laureano Gómez, en 1950 se fijó en 48 horas semanales, ocho más de las que habían logrado los trabajadores de los países avanzados desde fines del siglo XIX. La Organización Internacional del Trabajo recomienda no exceder las 40 horas como promedio en sus países miembros y hacerlo progresivamente hasta alcanzar ese límite. Colombia nunca ha atendido esta recomendación e incluso hubo extensiones de las jornadas en algunas áreas de la especialización del trabajo y una reducción de lo que se consideran horas extras durante la primera administración Uribe, que prolongó la jornada “diurna” hasta las 10 de la noche.

En Inglaterra se logró hacia 1850 la jornada de 10 horas diarias que resultó, según Carlos Marx, en un florecimiento de la vida social, una fuerza de trabajo menos extenuada y más productiva, que condujo a una sociedad más próspera y menos opresiva. Hoy, en Europa, los trabajadores trabajan entre 33 y 37 horas a la semana, en contraste con los países latinoamericanos, en donde se trabaja en promedio 44 horas semanales (Colombia, Costa Rica y Panamá) y un poco menos en México, Chile y Brasil (39 horas), según La República. Estados Unidos es el único país desarrollado donde se trabaja 39 horas a la semana. En Japón hay también largas jornadas por el estancamiento demográfico y la fuerte oposición a admitir inmigrantes que llenen las vacantes, lo cual de por sí ha determinado el estancamiento de su economía.

Lo que es todavía más distintivo de Colombia es que casi un 30 % de los trabajadores labora más de 48 horas a la semana. Entre ellos se cuentan los taxistas, los vigilantes y trabajadores de la salud, pero muchos otros en actividades informales, quienes deben trabajar jornadas más largas, pues no se les reconoce el salario mínimo y no alcanzan a adquirir la canasta básica de consumo.

Llegar a una jornada de trabajo regular en una economía donde la informalidad se aproxima al 60 % de la fuerza de trabajo es un reto enorme. Pasa por reducir los costos de la formalización de los trabajadores que tienen que ver con las cotizaciones necesarias a la pensión y a la salud, pero otras arandelas como las del Sena, el ICBF y, sobre todo, las cajas de compensación, que no aportan mucho al bienestar de los trabajadores, pero sí encarecen la nómina y son improductivas.

Los patronos estarán muy en contra porque obviamente les aumenta los costos salariales casi proporcionalmente a la reducción de la jornada, sabiendo que es moralmente inaceptable reducir los salarios y creará un gran malestar entre los trabajadores afectados. La ventaja principal es que introduce incentivos fuertes a aumentar la productividad, que ha estado estancada durante mucho tiempo en el país. Como fuera demostrado por Adam Smith hace varios siglos, la riqueza de las naciones se basa en los aumentos de la productividad del trabajo y del capital.

Otras ventajas residen en que una jornada más corta aumenta el tiempo disponible para la familia y el ocio, pero para muchos puede ser la oportunidad para capacitarse y aumentar sus ingresos, al tiempo que crean riqueza en mayor cantidad y en menos tiempo. Una reducción de la jornada progresiva puede ser la llave de entrada a un círculo virtuoso en el que florece la vida social, se dan constantes aumentos en la productividad general de la economía y se organiza racionalmente la fuerza de trabajo, sin dilapidarla.

 

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