Por: Nicholas D. Kristof

La joven más afortunada

LOS GRADUANDOS UNIVERSITArios de este año deben su éxito a muchos factores, desde padres que estuvieron encima de ellos hasta preciados remedios para la cruda. Sin embargo, uno de los más notables de ellos, Beatrice Biira, le da el crédito a un elemento totalmente improbable: una cabra.

“Yo soy una de las jóvenes más afortunadas en el mundo”, declaró Beatrice en la fiesta de su graduación tras obtener su diploma universitario del Colegio de Connecticut. Así fue, y es apropiado que la cabra que cambió su vida se llame Luck, o Suerte, en inglés.

La historia de Beatrice ayuda a abordar dos de las preguntas más comúnmente formuladas con respecto a la ayuda exterior: “¿Funciona la ayuda?” Y “¿Qué puedo hacer yo?”.

El cuento empieza en las ondulantes montañas del oeste de Uganda, donde Beatrice nació y fue criada. En su infancia, ella anhelaba con desesperación una educación, pero todo parecía indicar que no tenía esperanza: sus padres eran campesinos que no podían darse el lujo de enviarla a la escuela.

Los años pasaron y Beatrice permaneció en casa para ayudar con los deberes. Estaba en camino de volverse una mujer analfabeta más del África, otro de los recursos humanos del continente que fue dilapidado.

En el ínterin, en Niantic, Connecticut, los hijos de la Iglesia Comunitaria de Niantic deseaban donar dinero para una buena causa. Decidieron comprar cabras para pobladores africanos a través de Heifer International, venerable grupo de ayuda con sede en Arkansas, el cual ayuda a familias pobres dedicadas a la agricultura.

Una cabra lechera en el catálogo de regalos de Heifer cuesta 120 dólares; una parvada de patos o de pollitos cuesta apenas $20.

Una de las cabras que la iglesia de Niantic compró llegó a manos de los padres de Beatrice y al poco tiempo engendró gemelos. Cuando los cabritos fueron destetados, los niños bebieron la leche de la cabra para obtener un impulso nutricional y vendieron el excedente para obtener un poco de dinero adicional.

El dinero de la leche se fue acumulando, y los padres de Beatrice decidieron que ahora podrían darse el lujo de enviar a su hija a la escuela. Ella era mucho mayor que otros alumnos del primer grado, pero estaba tan emocionada que estudió con diligencia y se alzó hasta convertirse en la mejor alumna de la escuela.

Un estadounidense que estuvo de visita en su escuela quedó impresionado y escribió un libro infantil, “La Cabra de Beatrice”, acerca de cómo el presente de la cabra había permitido que una brillante niña fuera a la escuela. El libro fue publicado en 2000 y se convirtió en uno de los mejores vendidos en las secciones infantiles, pero ahora hay espacio para una secuela más notable.

Beatrice fue una alumna tan sobresaliente que ganó una beca, no sólo para estudiar en la mejor escuela femenil de Uganda, sino también para el bachillerato en una escuela en Massachussets y, después, el Colegio de Connecticut. Un grupo de 20 donadores de Heifer International —coordinados por una integrante del personal ya retirada, de nombre Rosalee Sinn, quien se enamoró de Beatrice cuando la vio a los 10 años de edad— financió los gastos de manutención de la niña.

Unos cuantos años atrás, Beatrice habló en un evento de Heifer al que asistió Jeffrey Sachs, el economista. Sachs quedó impresionado y concibió lo que, en broma, dijo que era el “teorema de Beatrice” de economía para el desarrollo: pequeñas aportaciones pueden dar origen a grandes resultados.

Cierto, la ayuda exterior no siempre funciona y es mucho más difícil de lo que parece. “No les voy a mentir. La corrupción es alta en Uganda”, reconoce Beatrice.

Un corrupto funcionario local pudiera haber distribuido las cabras entre niñas a cambio de que se acostaran con él. O la cabra de Beatrice pudiera haber muerto o ser robada. O la leche sin pasteurizar podría haber enfermado o matado a Beatrice.

En pocas palabras, millones de cosas podrían salir mal. Sin embargo, cuando hay un buen modelo a seguir, a menudo salen bien. Es por esta razón que los pobladores del oeste de Uganda llevaron a cabo una misa especial en fecha reciente y una fiesta para celebrar a la primera persona de la localidad que obtiene un título universitario en Estados Unidos.

Más aún, África pronto tendrá un nuevo activo: una profesional bien capacitada para mejorar la forma de gobernar. Beatrice planea ir en pos de una maestría en la Facultad Clinton de Servicio Público en Arkansas, para luego regresar al África y trabajar para un grupo de ayuda.

Beatrice sueña con trabajar en proyectos enfocados a ayudarles a mujeres a ganar y administrar dinero de manera más efectiva, en parte debido a que ella ha visto en su propia comunidad cómo el dinero siempre es controlado por los varones. A veces, ellos lo gastan en fiestas con los amigos en cantinas, en vez de educar a sus hijos. No será fácil cambiar esa cultura, destaca Beatrice, pero se puede lograr.

Cuando la gente pregunta cómo puede ayudar en la lucha para combatir la pobreza, existen mil respuestas buenas, desde el patrocinio de un niño hasta brindarle apoyo a una organización de las bases populares a través de globalgiving.com. (Enumeré sugerencias específicas en mi blog o diario en línea, nytimes.com/ontheground, y en facebook.com.kristof).

Los desafíos de la pobreza mundial son vastos y complejos, y resolverlos está muy lejos del poder de cualquiera, al tiempo que comprar un animal de granja para una familia pobre no los resolverá. No obstante, la intensa felicidad de Beatrice en últimas fechas sigue siendo un recordatorio de que cada uno de nosotros tiene el poder de marcar una diferencia, de transformar la vida de una niña con algo tan simple y barato como un cabrito.

* Columnista de ‘The New York Times’,  dos veces ganador del Premio Pulitzer. c.2007 - The New York Times News Service.

 

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