Por: Columnistas elespectador.com

La justicia cojea, pero no llega

Con la presentación actual del seriado Pablo Escobar. El patrón del mal se siguen evocando aquellos días funestos que vivió nuestra querida Colombia en las décadas de los ochenta y los noventa, caracterizadas por los actos terroristas, asesinatos y demás acontecimientos de barbarie que se desataron cuando empezó la guerra fratricida entre los carteles de la droga y el Gobierno Nacional, sucesos a los que tuvimos la buena suerte de sobrevivir.

Hoy, mi mente me lleva a rememorar tristes recuerdos, producto de esa insensatez, como la muerte de mi caro amigo, el periodista amazonense de corazón, Roberto Camacho Prada, quien fue asesinado el 16 de julio de 1986, cuando en horas de la noche, conduciendo su vehículo, se dirigía a su hogar situado en el barrio Iane de Leticia, en compañía de su señora esposa.

Ad portas de su casa fue abordado por el gatillero a sueldo que acabó con su existencia.

Don Roberto, como lo conocíamos familiarmente, era un periodista cabal, aguerrido en su acción, corresponsal en el Amazonas del diario El Espectador y director ejecutivo de la Cámara de Comercio de la ciudad en donde se distinguió, entre otras obras, por su lucha en unificar el comercio amazonense como estrategia para soportar los avatares de la economía en esa lejana y olvidada frontera tripartita.

Pionero de la avicultura en cuanto a su levante, industrialización y comercialización y uno de los impulsadores en la creación de Cafamaz en Leticia.

Como periodista se destacó por la veracidad e imparcialidad en sus artículos tanto en los publicados en el diario El Espectador como los escritos en su periódico regional Ecos de la Amazonía, en donde analizaba, exaltaba o condenaba la gestión de los gobernantes y autoridades y en donde, sin tener su alma vendida al diablo, resaltaba los problemas sociales que aquejaban la región, entre ellos el narcotráfico. Leticia, como puerta de entrada a Colombia de este nefasto negocio, no escapó a la triste realidad de esta bonanza que tanto daño le hizo a la ciudad.

Como periodista también tenía sus detractores, y más en esta región, en donde denunciar la veracidad de ciertos hechos, como suele suceder actualmente, es motivo de descontento por parte de algunos habitantes.

Y como ocurrió con periodistas de la talla de don Guillermo Cano, director de El Espectador, y de Silvia Duzán, entre otros que fueron víctimas de esta violencia, don Roberto, por denunciar las actividades ilícitas de los capos de la región, patrocinados por los protagonistas del seriado, e impedir que la Cámara de Comercio fuera permeada por las empresas fachadas del negocio, y por su lucha solitaria contra ese monstruo social, los afectados con sus denuncias ordenaron su ejecución.

Hoy, 26 años después, y a pesar de que la mayoría del pueblo supo quién fue o quiénes fueron los determinantes de su muerte, menos las autoridades locales de quienes su silencio y colaboración se compraba con dólares, y a pesar de que el ejecutante del homicidio, un expolicía al servicio del cartel, fue posteriormente asesinado, la justicia nunca actuó.

Su muerte aún permanece impune.

Carlos Javier Londoño Ocampo

 

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