Por: Álvaro Camacho Guizado

La juventud española y la colombiana

LAS RECIENTES MANIFESTACIONES masivas de la juventud española deberían tener alguna consecuencia para nosotros los colombianos.

Eso de salir a las plazas a exigir una democracia real, a combatir la corrupción, a criticar a fondo el sistema económico neoliberal que tiene a ese país al borde de un colapso generalizado y, sobre todo, a poner en cuestión de manera radical los mecanismos de representación política, esos principios y esas manifestaciones de protesta, digo, son perfectamente aplicables a la juventud colombiana. Carecemos de una democracia real, nos ahoga la corrupción, estamos bajo un régimen neoliberal implacable y nuestros representantes en los aparatos de elección popular son para sentarse a llorar.

Sin embargo, es preocupante que haya tanto silencio, una especie de abulia que tanto caracteriza a nuestra juventud y, en general, a la ciudadanía. Vamos por partes: una de las más sentidas expresiones de los jóvenes españoles ha sido su rechazo a las formas convencionales de representación: no le comen cuento a la idea de que la democracia es simplemente votar por algún candidato que habla bonito, hace promesas y que cuando llega a los organismos de representación se convierte en una ficha más de un sistema en el que los intereses personales o de grupo dominan sobre sus responsabilidades y propuestas originales. ¿Qué estará pensando nuestra juventud ahora cuando entramos en período electoral?

Sin duda la historia de violencia política y la existencia del conflicto armado han desempeñado un papel fundamental: como si hubiera una conciencia de que alejarse de los cánones convencionales de la democracia representativa fuera un motivo para ser declarados subversivos y ser víctimas de los paramilitares. O como si demostrar contra la violencia de las Farc nos pusiera en su mira.

Pero más allá de esta consideración está el fenómeno de la vigencia de un orden social en el que la lógica de la ventaja se ha impuesto sobre la lógica de la responsabilidad. La creciente informalidad y la vigencia del rebusque se han traducido en unas prácticas en las que sobresale la defensa de la actividad individual, el todo vale, el primero yo, independientemente de la legalidad de las prácticas, el desinterés por las acciones colectivas de reivindicación, en fin, el mirarse el ombligo propio y en desconocer a los demás. Como si lo que movilizó a la juventud española nos fuera ajeno.

En el pasado reciente tuvimos un par de acciones colectivas, una contra las Farc y otra contra el secuestro y la desaparición forzada. Eso estuvo bien, desde luego, pero fueron dos manifestaciones esporádicas y que de poco sirvieron: las Farc siguen haciendo sus bestialidades y si bien el secuestro y la desaparición han mermado, el temor sigue estando latente.

¿Qué se necesitará para que despierte la juventud? ¿Continuará creyendo que entre los candidatos en la elección de octubre habrá algo que sea realmente una alternativa? ¿Creerá que Santos va a ser una alternativa real a Uribe? ¿Creerá que el nuevo estilo y las dos o tres reformas que ha impulsado son suficientes para estar contentos? ¿Y qué pensará del desfile de delfines candidatos?

O, por el contrario, ¿despertará y manifestará su profunda insatisfacción? No es muy tarde, pero sí estamos a tiempo.

 

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